Breves respuestas… #10

A veces, en conversaciones sobre Jesús y la cristiana, alguien riposta: ¡demuéstramelo! Pues bien, para esos estamos dejando para su análisis dos hechos irrefutables e históricamente demostrables:

  1. La persona única de Jesús
  2. La resurrección de Jesús.

Y es que, dos días después de la muerte de Jesús, varias personas se toparon con el milagro más grande de la historia: la tumba de Jesús estaba vacía.

La tumba vacía de Jesús es quizás el mayor obstáculo para el que no quiere creer. La tumba vacía es un hecho incontrovertible de la Historia.

Al que sinceramente busca le corresponde intentar explicar por qué.

PAUSA
Hola. Saludos desde España. Soy el Pastor José Martínez y éste es tu programa “Biblikka: Estudio y respuestas de la Palabra de Dios”, transmitido semanalmente por aquí, por 104.1 Redentor FM.
Hoy continuamos con la serie BRGP, sobre la Defensa de la fe cristiana.

Estos son los temas cubiertos hasta ahora:
I. Introducción: sobre los “testigos de Dios”
II. Sobre la definición y necesidad de la Apologética
III. Sobre cómo llegamos aquí: Los “ismos” que conducen al abismo
IV. Sobre la duda
V. Sobre la existencia de Dios
VI. Ciencia y fe
A. Aspectos introductorios generales
B. Ciencia y fe cristiana: MITOS
VII. El Nuevo Testamento
VIII. Jesús
A. “¿Qué haré de Jesús llamado el Cristo?”.
B. Lo que Jesús dijo de sí
C. Lo que otros dijeron de Jesús
D. Las alternativas
E. Jesús y la historia
IX. La resurrección de Jesús

XI. Dios y el sufrimiento
El año 1985 quedó grabado para siempre en mi memoria. Fue un año trágico. Sucedieron varios desastres naturales en el corto período de 12 meses. Los mismísimos jinetes del Apocalipsis parecían cabalgar rampantes por un escenario de hambre, enfermedad y muerte.

El telón de fondo de ese teatro de horror fue bordado con imágenes de caras famélicas en Etiopía que la televisión transmitía a diario. Ese año, un poderoso terremoto sacudió la ciudad de México, acabando con por lo menos 20,000 vidas en breves segundos. En Puerto Rico, mi país de origen, y como resultado de incesantes lluvias, el derrumbe de una montaña sepultó la población de una pequeña comunidad de gente pobre. Finalmente, en Colombia un alud de lodo hizo desaparecer del mapa a todo un pueblo en pocos minutos, segando más de 20,000 vidas en el proceso. ¡Todo esto en unos pocos meses! Situaciones como estas nos tocan muy profundo. Nos acosan. Nos agobian. Y nos hacen preguntar: ¿por qué?

El 1985 es cosa del pasado y los incidentes mencionados son historia. Pero el sufrimiento continúa y otras grandes tragedias han ocurrido desde entonces. Las caras de Etiopía y Biafra fueron sustituidas en décadas siguientes por las de Ruanda, Burundi y Afganistán. Hoy, miles de niños mueren todos los días a causa de la pobreza y del hambre. El cáncer continúa matando y el sida se le unió en décadas recientes acabando con millones de vidas jóvenes. Aún más recientemente, el espectro de enfermedades como el ébola que amenazan la salud pública a nivel mundial.

Frente a tan grande y continua ola de sufrimiento y dolor, las preguntas se acumulan en la conciencia colectiva de una sociedad sensibilizada por los medios de comunicación. En este contexto, podemos entender las palabras del filósofo español Enrique Tierno Galván:

Las contradicciones del mundo no justifican la existencia de Dios. La idea de Dios es coherente consigo misma y resiste los embates de la lógica en tanto se prescinda del mundo… [Lo que pongo en tela de juicio es] la existencia de un Dios perfecto de todas las perfecciones posibles, que hizo una obra imperfecta sin que nos expliquemos por qué… Hasta que Dios no se justifique por el mundo, la existencia de Dios permanecerá improbada…

Pero es quizás cuando el dolor nos toca a nivel personal, cuando la muerte, la enfermedad o la desgracia llaman a la puerta de nuestra propia vida, que reaccionamos con fuerza. Lo filosófico, abstracto o metafísico del sufrimiento universal se encarna en nuestras lágrimas y, con nuestro puño cerrado levantado, desafiamos a Dios preguntando: ¿por qué?

El efecto del sufrimiento
El problema mas difícil del creyente.
El mayor obstáculo al no creyente.

Probablemente, la existencia del dolor ha provocado más dudas sobre la existencia de Dios que ninguna otra cosa. Los defensores de la existencia de Dios admiten que, con diferencia, este es el principal escollo a la fe de ateos, escépticos y agnósticos, así como de muchos creyentes. El dilema parece hacerse mayor frente a la enseñanza cristiana de la existencia de un Dios bueno. Se le atribuye a Epicuro la tan repetida frase (usada por David Hume):
¿Está Dios deseoso de prevenir el mal, pero no puede? Entonces no es todopoderoso. ¿Es capaz, pero no lo desea? Entonces es malévolo.

Como mencioné, no debería causarnos sorpresa que la aparente incompatibilidad entre la existencia de un Dios bueno y la vivencia en un mundo malo haya llevado a la incredulidad a tantas personas. Por ejemplo, Charles Darwin, quien escribió que había “demasiada miseria en el mundo” para que él creyera en el diseño.

No puedo persuadirme a mí mismo de que un Dios benéfico y omnipotente haya creado a propósito los icneumones, con la intención expresa de que se alimentaran dentro de los cuerpos vivos de las orugas, o que un gato deba jugar con un ratón.

Chuck Templeton, amigo de Billy Graham y su compañero evangelista antes de describirse como agnóstico, comentó de manera similar:

[…] es imposible para mí —imposible— creer que hay algo que pudiera describirse como un Dios amoroso que pudiera permitir lo que sucede en el mundo a diario.

Denise Epstein, hija de una de las miles de víctimas de Auschwitz, confesó:

Si hubiera un Dios de verdad, no le perdonaría su crueldad.

Así también Bertrand Russell y Ted Turner. La lista puede continuar… La realidad del sufrimiento en el mundo y su aparente incongruencia con la existencia del Dios cristiano son realidades innegables que ameritan una explicación.

Dios y sufrimiento: Un examen a las premisas
Es muy difícil un acercamiento desapasionado a este tema. Sin embargo, podemos lograr algo de objetividad analizándolo desde una perspectiva no muy común. Como cualquier otro enunciado o argumento, “el problema de Dios” surge de premisas que le sirven de fundamento. No todas ellas son correctas. Y algunas, francamente ilógicas. Examinémoslas.

Dios puede hacer “cualquier cosa”. De joven recuerdo buscar sin éxito una contestación aceptable al famoso argumento: “Si Dios es todopoderoso, ¿puede hacer una roca tan grande que Él no pueda levantar?”. La trampa está servida. No hay salida posible, pues si Dios lograra hacer la hipotética roca, no sería omnipotente porque no puede levantarla; pero tampoco lo sería si no logra crearla, porque existe algo que no puede hacer.

¿Qué pasa aquí? La contestación es sencilla. El “dilema” no es tal porque carece de solución, ya que parte de una premisa incorrecta: que Dios puede hacer “cualquier cosa”. El error consiste en una interpretación equivocada del atributo divino de la omnipotencia (que Dios es todopoderoso). Lo que falta es la aclaración de que Dios puede hacer cualquier cosa que sea posible hacer dentro de los parámetros de la realidad. Por ejemplo, que Dios sea incapaz de hacer un triángulo de ocho lados no demuestra su incapacidad, sino lo absurdo de la tarea. Esta constituye una imposibilidad lógica. No existe tal cosa como un triángulo octagonal, como tampoco existe la posibilidad de crear la mencionada roca.

Todo sufrimiento es malo, por lo tanto un Dios bueno no permitiría el sufrimiento. Hoy en día la felicidad es el bien supremo y todo lo que se le oponga es malo. Es tan común para nosotros asociar la felicidad con la ausencia de dolor que nos resulta difícil entender cómo este puede existir en un mundo bueno.

Lo incorrecto de esta premisa consiste en olvidar que el dolor tiene su lugar en un mundo correcto. Puede sorprendernos o hasta disgustarnos, pero no todo es malo en el dolor. Observar nuestro propio cuerpo puede ayudarnos a comprenderlo. El dolor nos protege de heridas mayores (como por ejemplo, al acercar nuestra mano a una llama). Los atletas conocen que el dolor es el camino a la superación, y los adultos recordamos que el dolor en la vida puede hacernos más fuertes. Claro está que esto no significa que el dolor sea bueno en sí mismo. Pero sí nos demuestra que puede haber algo de bueno como resultado de nuestro dolor.

Ya que Dios es el bien supremo, Él no permitiría la existencia de mal alguno en el mundo, a menos que su Omnipotencia y bondad fueran tales que lograran sacar algo bueno aun del mal. (Agustín de Hipona).

Podemos reconocer el sufrimiento como un instrumento en el crecimiento moral, emocional y espiritual de la persona. En estos casos el sufrimiento se convierte en acicate, en desafío, forzándonos a caminar la ruta menos transitada del trayecto hacia la madurez personal, camino que no hubiéramos tomado de otra manera.

Desde un punto de vista espiritual, el sufrimiento también puede servir como recordatorio de la fragilidad humana, la brevedad de nuestra vida y la necesidad que tenemos de estar en relación con Dios. El escritor irlandés C. S. Lewis habla del sufrimiento como el “megáfono de Dios”.
Dios susurra en nuestros placeres, pero grita en nuestros dolores. El dolor es el megáfono de Dios para despertar a un mundo adormecido.

Por último, el sufrimiento nos capacita para ser de ayuda a otros que sufren. La imagen del “sanador herido” es poderosa. Aquellos que en carne propia han experimentado el sufrimiento y el dolor son los más capaces para servir de instrumento sanador para corazones angustiados. Para el que sufre, no hay nada mejor que hallar a una persona que entiende lo que siente porque lo ha experimentado antes en su propia carne.

Por todo esto no debería sorprendernos que un Dios bueno permita el sufrimiento.

No puede existir el sufrimiento en un mundo creado por un Dios bueno. En un mundo bueno el dolor no debe existir. Esta premisa pasa por alto un planteamiento muy importante: la relación entre la existencia del mal (y, con él, el sufrimiento) y la libertad humana.

Un mundo sin sufrimiento es imposible si es que los seres humanos dispondremos de libertad para tomar decisiones. Un mundo habitado por criaturas con capacidad de decidir, es un mundo donde el mal es posible y, en un mundo así, necesariamente, existirá el dolor y el sufrimiento.

Básicamente la elección (para tener un mundo “bueno”) es entre hacer un mundo sin posibilidad de dolor, pero sin libertad, o un mundo con la capacidad humana de elección (la libertad) y en el que necesariamente existiría el dolor. ¿Cuál preferimos: ser autómatas sin libertad y sin sufrimiento, o ser agentes sufridos, pero libres?

Si Dios fuera bueno debería eliminar el sufrimiento. En otras palabras, ya que la libertad es un “mal necesario” y ya que esta lleva al sufrimiento humano, al menos Dios debería intervenir para limitar al mínimo los efectos del dolor.

Esta premisa nos presenta a Dios como un policía universal, pendiente de cada error que se cometa para corregirlo al instante. Es lo que tantas veces pensamos cuando perdemos a un ser querido en un accidente: ¿por qué Dios no lo impidió?

Si Dios interviniera a cada momento para solucionar los efectos del mal (evitando así el cumplimiento de las leyes naturales) no sería ni bueno, ni justo, ni Dios. No sería bueno porque estaría eliminando una fuente de crecimiento para sus criaturas; no sería justo porque no estaría respetando las consecuencias del quebrantamiento de las leyes que Él mismo estableció, y no sería Dios, pues no estaría respetando la capacidad de libertad que había dado a sus criaturas.

Esta es la única vida. “A vivir, que son dos días”, dice el refrán español. La brevedad de esta, nuestra “única” existencia, hace mayor la dificultad de experimentarla en medio del sufrimiento.
La perspectiva cristiana es clara en que la vida actual no es la única vida; ni la más importante tampoco. La existencia actual es solo parte —por cierto, pequeñísima— de lo que es toda nuestra existencia. Este “valle de lágrimas” es la antesala de una vida eterna. Esto se traduce en que nuestro dolor aquí no es final ni absoluto, aunque a veces nos lo parezca. Por lo tanto, una persona sabia intentará mirar la vida actual con perspectiva de la eternidad.

Demos ahora un giro en nuestro argumento y planteémonos una serie de premisas correctas.

Premisas correctas
Cuando Dios crea, lo creado NO es Dios. La definición teísta (y cristiana) de Dios es la de un ser eterno y existente en sí mismo; esto es, que no depende de una causa anterior. Este ser es perfecto en todas sus características (amor, sabiduría, etc.). Sin embargo, esto no quiere decir que lo que Dios produzca en un acto de creación, aunque perfecto, esté libre de la posibilidad de imperfección. ¿Suena a contradicción? Expliquemos.

Todo ser o cosa creado por Dios no es dios. Tiene una Causa que le antecede. Esto significa que aunque la creación fuese perfecta, el elemento de imperfección es introducido junto al acto mismo de crear como una posibilidad futura, posterior a la creación perfecta. Como la creación no es Dios, y solo Dios es absoluta y completamente perfecto, entonces la creación puede llegar a ser imperfecta. De modo que un mundo imperfecto como el nuestro no lleva a la conclusión de que Dios no existe o de que no sea perfecto.

Al crear, una buena creación es aquella donde existe la capacidad de decidir. La libertad para elegir es una característica que consideramos buena. Y aquí comienza el problema, porque la introducción de una característica buena (la libre elección) es la puerta por la que potencialmente el mal pueda introducirse; como de hecho ocurrió, según la enseñanza cristiana.

Y entonces, pregunta alguno, ¿por qué mejor no crear sin esa capacidad de libertad? Porque dicha creación no sería buena (perfecta), y esto va contra la esencia de Dios y, de haber sucedido, constituiría el primer error en el universo.

La única manera de garantizar un mundo sin maldad es crearnos sin libertad. (Peter Kreeft).

El mundo está sujeto a leyes; las leyes de Dios. El universo está gobernado por leyes naturales creadas por Dios. Descubrirlas es la fascinante misión de la ciencia. Dichas leyes, como la ley de gravedad por ejemplo, sirven de base para el funcionamiento estable de la Creación.

De igual forma, en el ámbito no material (espiritual) el mismo Dios ha establecido leyes que rigen la vida. Son leyes que, como las naturales, proveen de orden a la existencia y tienen como fin protegernos de daños y guiarnos a una vida plena. Dichas leyes son el reflejo del carácter divino y son dadas a la humanidad como el camino a una vida madura y feliz.

De la misma manera que intentar violar las leyes naturales conlleva consecuencias (como el golpearse al caer al suelo, por ejemplo), quebrantar las leyes espirituales tiene igualmente sus consecuencias. Muchos de los males existentes en el mundo y por los que responsabilizamos a Dios, son resultado directo de nuestra desobediencia. Hemos transgredido las leyes universales y estamos pagando las consecuencias.

El orden del mundo creado ha sido trastocado por el pecado de la humanidad. La desobediencia a las leyes de Dios conlleva intrínsecamente consecuencias dolorosas. Cosas como las enfermedades, la muerte y aun los desastres naturales, son el resultado de una humanidad rebelde. Esto no quiere decir que cada dolor y enfermedad sea el resultado directo de una transgresión personal. El mal que nos acontece en el mundo se enmarca en un sistema que está totalmente afectado por el pecado, trastocado en su orden original. Es algo como lo que podría suceder cuando un paciente no sigue las instrucciones de su médico, deja de seguir su prescripción y sustituye el tratamiento efectivo por otro ofrecido por un charlatán con el potencial de un daño mayor. ¿Podría este paciente hipotético reclamarle a su médico por una condición de salud empeorada?

Las consecuencias de nuestras faltas son una invitación a recapacitar y a reconocer nuestro error. De este modo, aun los efectos de nuestra maldad son una “medida de control” para beneficio de la humanidad.

Contrario a leyes cuyo quebrantamiento tiene consecuencias directas exclusivamente para el transgresor de dicha ley, los resultados de la maldad humana han afectado no solo a la humanidad, sino también al resto de la Creación. El orden de nuestro mundo ha sido dañado por la intromisión del pecado. Es como si el equilibrio de fuerzas en el mundo se inclinara hacia el sufrimiento y el dolor, como consecuencia de la maldad de la raza humana y su negligencia en la administración de la Creación.

Dios no es un policía cósmico que arregle los entuertos
causados por nuestra desobediencia.

Al menos en parte, esto se debe al hecho de que el mal no solo es una acción, sino también una persona.
El mal existe y tiene nombre: Satanás.
No hablamos aquí del personaje de la imaginación religiosa (cola, cuernos y tridente incluidos), sino de un ser espiritual poderoso, creación de Dios, que como la humanidad, pero antes que esta, fue creado perfecto y decidió utilizar su libertad para no sujetarse a la amorosa voluntad de Dios.

Dicho ser es personal, no una fuerza. Su influencia en la humanidad, que con su desobediencia se ha aliado (sabiéndolo o no) con el “Príncipe del mal”, es causante de muchos de los males del mundo. Dicha influencia no nos excusa de nuestra responsabilidad, pero muchas veces nos ayuda a comprender el grado de maldad que hemos llegado a alcanzar.

Sufrimiento como misterio. Con estas explicaciones del mal y del sufrimiento, no quiero dar la impresión de que todo dolor en nuestra historia personal tiene una explicación que podemos encontrar, estudiar y entender. Existe mucho de “misterioso” en el tema del sufrimiento humano. De manera brillante y compasiva, el filósofo cristiano Peter Kreeft comenta sobre este importante aspecto de nuestro tema en su libro Making Sense Out of Suffering, al que refiero al lector interesado.

El documento bíblico conocido como el Libro de Job, trata sobre dicho elemento de misterio relacionado al dolor humano. El libro presenta la historia de un hombre (Job) a quien Dios mismo ha catalogado como bueno y sobre quien el diablo, con la autorización expresa de Dios, priva de posesiones (lo pierde todo), de familia (todos sus hijos mueren) y de salud (sufre de una terrible enfermedad de la piel). La situación de Job ha sido explicada de innumerables maneras, pero creo que la enseñanza más clara de este documento antiguo es que no siempre entenderemos el origen o las causas de nuestro sufrimiento. La grandeza y la sabiduría de Dios no nos permiten escudriñar y comprender sus pensamientos; la complejidad de la vida no siempre nos permite entender los eventos que llevan a nuestra desgracia.

Durante el desarrollo del libro, Job, angustiado por sus sufrimientos profundos e inexplicables, pretende cuestionar al responsable último de sus desgracias; esto es, a Dios. A lo largo del libro, las preguntas se suceden una tras otra, y las únicas respuestas que obtiene son las de sus “amigos”. Estos razonan de la mejor manera posible con base en la sabiduría de su tiempo y tratan de convencerlo de que sus padecimientos son el castigo por su propio pecado. Obviamente, esto no satisface al bueno de Job.

Los capítulos finales del libro describen un interesante interrogatorio. Pero esta vez es Dios quien pregunta a Job. Con sus preguntas, Dios lleva al protagonista a darse cuenta de que, aunque resulte natural intentar cuestionar a Dios sobre sus actuaciones, es una posición del todo inadecuada por dos razones. Por un lado, porque como criaturas carecemos del derecho a cuestionar el proceder de la soberanía divina. Por otro, porque carecemos de la capacidad necesaria para comprender la contestación que pudiera darnos.

Cuando sentimos la tentación de juzgar a Dios, debemos recordar con Job que lo que intentamos hacer es sacar al Juez de su estrado para sentarlo en el banquillo de los acusados. San Agustín afirmó: “Si lo comprendes, no es Dios”.

Dios conoce el sufrimiento. En mis diálogos sobre este tema, muchas veces salpicados por la amargura de mi interlocutor, observo cómo el dedo acusador se apunta hacia Dios en medio del sufrimiento. ¿Qué sabe Dios de lo que yo estoy pasando? ¿Cómo puede entender Él?

La realidad es que Dios conoce el sufrimiento como una experiencia de primera mano. Ya desde el Antiguo Testamento lo vemos. Mucho del lenguaje del sufrimiento de Dios en las escrituras hebreas ha sido interpretado como antropomorfismo (más exactamente antropopatismo). Pero no siempre es así. El Dios que se revela a través de las Escrituras bíblicas es personal: tiene voluntad y sentimientos. A través de los profetas del pueblo de Israel Dios no solo comunicó su mensaje, sino también su sentir. Su dolor se refleja en sus profetas y dicho sufrimiento se convierte en parte de su mensaje a través de ellos.

Pero, sin duda, es en la Encarnación donde mejor y con más claridad vemos hasta qué punto Dios decidió experimentar nuestro dolor “en carne propia”. En su Hijo Jesús de Nazaret, Dios asume forma humana, camina por nuestro “valle de lágrimas” y experimenta nuestros sufrimientos. Hambre, sed y cansancio se hacen parte de su experiencia directa y personal. Con la muerte de su amigo Lázaro, Jesús conoce el dolor de la separación, y con Judas, el de la traición. Finalmente, en la cruz, quien con su voz ordenó el surgimiento del universo, recibió las burlas de aquellos a los que vino a salvar.

Es en la crucifixión de Jesús donde Dios Encarnado experimentó el dolor indecible del desprecio, la humillación, el abandono y el pecado de la humanidad. De esta manera, transformó el significado del sufrimiento, convirtiéndolo en vehículo de redención. Porque es a través de la muerte de Jesús que Dios hace provisión del único medio para nuestra reconciliación con Él. En su muerte, Jesús nos sustituye y paga por el pecado de todos nosotros. Esto permite a la justicia divina ofrecernos perdón gratuito de nuestros pecados (la gracia de Dios) y el restablecimiento de nuestra relación con el Creador; relación para la que fuimos creados y donde único se encuentra la verdadera felicidad.

La encarnación.
La muerte de un amigo.
El rechazo de los suyos.
El sufrimiento en Getsemaní.
El sufrimiento en la crucifixión.
El sufrimiento en la separación.

Dios llora con nosotros para que podamos un día reír con Él. (Jünger Moltmann).

Conclusión
Las tempestades de la duda llegan sin aviso. Amenazan la certidumbre de la fe con sus vientos huracanados y con sus olas devastadoras. En la mente del que duda parece no haber salvación. No hay puerto seguro a la vista. El naufragio se percibe inminente.

Con este libro hemos demostrado que la tempestad es tan solo un viento sin fuerza, que el puerto seguro está a la vista y que la nave no tiene por qué zozobrar.

Los ataques a la fe cristiana no siempre poseen la contundencia que pretenden. Una buena parte de ellos no son sino argumentos impensados y refritos, criaturas nacidas no de la reflexión, sino de la presuposición; no del buen juicio, sino del prejuicio.

La solidez intelectual de la fe cristiana ha resistido los embates de sus detractores durante veinte siglos y aun hoy, cuando se pretende que la razón y la ciencia reinen supremas, muchas de las mejores mentes de nuestro tiempo (dentro y fuera de la ciencia) son creyentes y defensores de la fe.

La fe cristiana, aunque (como toda creencia en lo sobrenatural) no es racional, sí es eminentemente razonable. No solo eso, sino que es posible presentar argumentos sólidos en favor de la cosmovisión cristiana como la mejor y más sensata.

La mayoría desconoce lo presentado en los párrafos anteriores y terminan náufragos en las playas de una vida sin sentido.
Oramos que para ellos esta serie sea, más que un salvavidas, un acorazado poderoso que se les acerca navegando para recatarles, sacarles de aguas tempestuosas y llevarles de vuelta al puerto seguro de la fe.

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