Breves respuestas… #2

Aunque toda sociedad a lo largo de la historia ha dado muestras de creer en un ser superior y aunque parece ser que nuestro cerebro está alambrado para creer en Dios, muchos creen que la creencia en Dios es innecesaria, anticuada e improbable. ¿Es posible contestar a este tipo de argumento?

I. Introducción


A. ¿Es necesaria?


B. ¿Qué es “Breves respuestas a grandes preguntas”?


Llamo “grandes preguntas” a aquellas que tratan de los asuntos verdaderamente cruciales y trascendentales para el ser humano. Representan las dudas que encuentro con más frecuencia en mis diálogos con los que no creen en Dios o que tienen profundas interrogantes sobre su existencia.

Pero antes de continuar ofreciendo algunas contestaciones breves a estas preguntas, es importante aclarar varios puntos y repasar algunos puntos del programa anterior.

Lo primero: si Dios existe y es Creador —como creemos los cristianos— ¿nos ha comunicado de alguna manera su realidad, su presencia y su voluntad? Segundo: si Dios nos creó, ¿no debería haber un propósito en el acto de nuestra creación? La contestación a ambas preguntas es un rotundo sí.

El Dios Creador ha provisto maneras por las cuales podemos conocer de Él y de su propósito para nosotros. En lenguaje teológico, hablamos de revelación cuando nos referimos a la Deidad dándose a conocer a sus criaturas. En esta serie nos referimos a ellas como “testigos de Dios”.

Estos esfuerzos de revelación son los intentos de Dios por darse a conocer sin ser coercitivo. Por lo tanto, estas demostraciones o testigos de la existencia y del plan del Creador, por sí mismas no son irrefutables. Desde la perspectiva humana, incluso pueden parecer insuficientes.

A Bertrand Russell, reconocido ateo y uno de los más famosos matemáticos y filósofos del siglo XX, se le preguntó qué le diría a Dios si, luego de morir, descubriera que estaba equivocado y que Dios sí existe. Su respuesta fue: “Le diría que no dio suficientes evidencias”.

C. Los “testigos de Dios”


En un sentido muy literal, Él lo ha hecho. Dios “no se dejó a sí mismo sin testimonio” (Hechos 14:27). Los cristianos creemos que su existencia se evidencia a través de diferentes vehículos a los que yo llamo “los testigos de Dios”. En primer lugar, la Creación (Romanos 1). También Dios se presenta por medio de la revelación escrita; las Sagradas Escrituras (Salmos 119; 2 Timoteo 3:16). En tercer lugar, Dios se reveló en la persona de Jesús (Juan 1:18; Hebreos 1:1-2). Por último, Dios también se muestra (al menos así se supone que sea) a través de la Iglesia, su cuerpo y representante divino en el mundo (Efesios 3:10).

Dios se ha mostrado, pero algunos lo han “escondido”. En los pasados 200 años de historia, cada uno de esos vehículos de la revelación de Dios al hombre ha sido empañado. Los testigos de Dios han sido desacreditados. Según algunos, la razón y la ciencia han logrado borrar el testimonio de Dios en estos testigos, hasta el punto de que lo que debería ser claro y obvio, está oculto tras un grueso velo de conocimiento.

¿Cómo ha sido esto posible? Las generaciones que vivimos a principios del siglo XXI, hemos cedido a la razón y a la ciencia la autoridad de servir como agentes verificadores de todo tipo de conocimiento, sea este científico o no. Aceptamos las explicaciones de la ciencia como finales e irrefutables. En respuesta a los testigos de Dios, se excluye a priori el elemento sobrenatural y se ofrecen explicaciones materialistas (que no incluyen a Dios). Este proceso, que tomó varios siglos, puede mostrarse describirse de la siguiente manera:

D. Dios y sus evidencias: sustituidos


El Dios creador fue sustituido por un proceso impersonal y materialista que dio origen, en una magnífica explosión hace 13.7 mil millones de años, no solo al universo, sino también —eventualmente— a la vida misma. Un proceso evolutivo impersonal y naturalista proveyó para la variedad de la vida existente hoy.

La revelación de Dios a través de las Sagradas Escrituras ha sido empañada por más de 200 años de estudios, conducidos con premisas anti-sobrenaturalistas. Las llamadas teologías liberales y otras corrientes han colmado de dudas la mente del lector de la Biblia. Esta se ha explicado y disecado, lo que ha dejado como resultado un libro hecho jirones y sin autoridad.

La revelación de Dios a través de su Hijo ha sido oscurecida tras un manto de aparente erudición que redefine a Jesús como un sabio profeta y revolucionario de los muchos que han pisado nuestro planeta. Se ha fabricado una caricatura de Jesús… un Jesús domesticado e inofensivo.

¿Y qué de la Iglesia? Con dolor en el corazón hay que admitir que nosotros, los creyentes, también hemos fallado de mala manera en nuestro cometido de mostrar al mundo la “sabiduría de Dios” (Efesios 3:10). En demasiadas ocasiones nuestro ejemplo ha sido negativo y perjudicial al testimonio de Cristo. Nuestras divisiones y rencillas, nuestro apego al dinero y al poder, nuestra confusión en cuanto a la esencia y misión de la Iglesia, y —como si esto fuera poco— nuestra culpabilidad en más de una matanza a lo largo de la historia (Cruzadas, guerras e Inquisición), minan nuestra autoridad para hablar en nombre de Dios.

A raíz del mal testimonio que tantas veces hemos dado los cristianos, no debería sorprendernos entonces la declaración atribuida al pacifista indio Mahatma Gandhi: “El cristianismo sería maravilloso si no fuera por los cristianos”. O, más cortante aún, la frase de Nietzsche: “Para que yo aprendiese a creer en su redentor tendrían que cantarme mejores canciones; y sus discípulos tendrían que parecerme más redimidos”.

Entronizada la razón durante el tiempo comprendido en el proceso mencionado, las afirmaciones de ateos y de agnósticos se han hecho normativas. Los que no creen han interpretado el silencio de los creyentes como asentimiento o, peor aún, como admisión de derrota. Por eso es necesario contestar las preguntas de los que dudan.

De manera que Dios sí ha dejado sus huellas en la Creación y en la historia. Pero el progreso y la ciencia han intentado descalificarlas como “testigos de Dios” (como les hemos llamado). A veces luce como si hubieran tenido éxito y la duda reinara sin oposición.

Pero, como afirmó Blaise Pascal (filósofo y matemático cristiano del siglo XVII), para la persona que está dispuesta a creer, las evidencias de la existencia de Dios pueden ser suficientes como para iniciar un peregrinaje espiritual. No así con el que no quiere creer. Estas fueron sus palabras:

Dios nos ha dado evidencia suficientemente clara para convencer a aquellos con un corazón abierto, pero suficientemente vaga de modo que no obligue a aquellos cuyos corazones están cerrados.

E. ¿Qué es Apologética?

  1. Definición
  2. La encomienda I Pe. 3:15
  3. La necesidad del cristiano.

II. Apologética: ¿Por qué?


“Tienes que aceptarlo por fe” y “eso es un misterio” fueron frases que escuché en demasiadas ocasiones siendo un joven alumno de la Escuela Bíblica Dominical.

Seguramente con una buena intención, los cristianos han intentado espantar las preguntas de los jóvenes inquisidores, de la misma manera que el agricultor pretende hacerlo gritando a los cuervos en su huerto. Ni lo uno ni lo otro funciona. Los cuervos regresan después de un rato y las dudas tan solo se esconden por un breve tiempo, para luego reaparecer con más fuerza.

Creo que eso es lo que le sucede hoy a muchos jóvenes cristianos. A una naturaleza de por sí inquisitiva, se le añade la influencia de profesores en la escuela secundaria y en la universidad que hablan en contra de la creencia en Dios y de la fe cristiana. Presentadas estas opiniones desde una posición de autoridad, los jóvenes se ven forzados a decidir sin las herramientas para hacerlo. Si añadimos a esto el relativismo filosófico y las corrientes posmodernas, tenemos frente a nosotros la tormenta perfecta: un campo minado que la juventud actual tiene que atravesar para aspirar a una fe sólida.

Bajo esta presión, unos deciden creer las verdades religiosas “por fe”, lo que en este contexto significa aceptar lo que se les enseñó en la iglesia sin hacer preguntas y sin tener contestaciones. En este escenario, los jóvenes crecen bajo la falsa idea de que no existe contestación a sus dudas y que solo se puede ser cristiano “dejando el cerebro fuera de la iglesia”, como solía decir Josh McDowell. Esta “fe del carbonero”, una fe sencilla pero raquítica y en un estado de perpetua indefensión, es víctima fácil de los depredadores de la fe y no motiva a consagrar el intelecto al servicio de Dios, ni capacita para ayudar a otros que se hunden en el mar de las preguntas incontestadas.

Un segundo grupo abandona la fe derrotado y convencido de que no existe un fundamento intelectual sólido para la fe cristiana. Según sondeos recientes, un alto porcentaje de los jóvenes cristianos dejan el camino de la fe entre los 18 y los 28 años, en buena medida por esta razón. Ignoran que la fe cristiana, aunque no es racional en todos sus aspectos, es eminentemente razonable. De estos que se marchan, apenas el 30 por ciento regresa a la vida de la comunidad cristiana en sus años de adultez.

¿Por qué muchos de estos jóvenes abandonan la fe? ¿Por qué tantos otros ni siquiera consideran la fe cristiana como una opción? Creo que en muchos casos se debe a que no se les ofrecen respuestas adecuadas. Al considerar la duda como un enemigo, la iglesia desperdicia la oportunidad de ayudar a los jóvenes a construir una fe sólida.

Pero no todos escogen ese camino. Una pequeña minoría decide investigar el asunto y buscar contestaciones. Esta minoría se plantea, correctamente, que pensar que no existe respuesta a las dudas intelectuales de la fe, es presumir que los creyentes que nos precedieron carecían de la capacidad de pensar. Desde el apóstol Pablo, pasando por Agustín, Newton, Kepler, Copérnico y Pascal, y llegando al día de hoy a científicos de la talla del doctor Francis Collins (quien fue director del Proyecto Genoma Humano y en la actualidad es director del Instituto Nacional de Salud en Estados Unidos), innumerables gigantes del intelecto en la historia humana no han tenido reparos en identificarse como seguidores de Jesús.

Pesan sobre mi corazón aquellas personas que, en su búsqueda espiritual (pues todos buscamos), creen la mentira de que sus preguntas, supuestamente incontestables, son obstáculos insalvables en el camino hacia la fe. Por esta razón, muchos descartan la opción cristiana antes de darle una genuina oportunidad.

A. La necesidad de respuestas


Cometemos un grave error al ignorar el poder de las ideas. Las pensamos remotas, encumbradas con sus autores en inaccesibles torres de marfil, a segura distancia de nosotros y sin posibilidad de incidir en la situación nuestra de todos los días. Estamos equivocados.

Hay quien piensa que discusiones del tipo que proponemos en este programa son innecesarias e irrelevantes para la persona común y corriente (cristiana o no). Discrepo con todas mis fuerzas. No tenemos que ser intelectuales o académicos para experimentar en carne propia el asalto de las dudas lanzadas contra la fe por la elite intelectual de las últimas décadas. Las ideas que logran calar profundo en el entorno cultural de una sociedad, en un principio parecen lejanas e inofensivas. Pero eventualmente terminan filtrándose en todo y en todos a través de una red de información cada vez más rápida, afectándonos de una manera u otra, aun cuando no comprendamos dichas ideas ni nos suscribamos a ellas.

Los a veces rebuscados conceptos que los “expertos” presentan en trabajos técnicos, con frecuencia culminan traducidos al pueblo en libros populares y en artículos de revistas al alcance de todos o en canciones que venden millones de discos en los que estas ideas se propagan. Luego, si el autor es afortunado, puede ser que su rostro o su trabajo ocupe las portadas de algunas de las más importantes revistas; o, mejor aún, termine como un guión en Hollywood. Al llegar a esta etapa, a los ojos del público, lo que presentan estos “peritos” se acepta como verdad probada y definitiva. A nivel de pueblo, nadie duda que estos expertos estén diciendo la verdad.

Y es de esta manera como las ideas de una elite intelectual se filtran hasta llegar, con respaldo autoritativo, a nosotros, el resto de los mortales. De aquí en adelante esa bola de nieve desciende por sí sola, haciéndose cada vez más grande y peligrosa.

Pensemos en el filósofo Friedrich Nietzsche como ejemplo. Muchos de nosotros no hemos leído su obra y su apellido nos suena a estornudo, pero su visión pesimista de la vida espiritual, reflejada en su famosa frase “Dios ha muerto”, repercute aún hoy en los recintos universitarios, a pesar de que han transcurrido más de 100 años de su muerte, luego de perder la cordura. El nihilismo (el sinsentido de la vida) que más adelante resultó de sus ideas, lo hallamos hoy en casi todo aspecto de la vida moderna, especialmente en las aulas y en los “templos” modernos… los medios de comunicación y de entretenimiento: la televisión y el cine. Aunque la mayoría de nosotros no conoce en detalle la filosofía de Nietzsche ni ha estudiado su obra, todos vivimos hoy a la sombra de generaciones influenciadas por ella. Lo mismo podríamos decir de otras corrientes como el existencialismo y el muy mencionado posmodernismo.

Por eso es necesaria la Apologética

Antes de continuar hay que definir dos términos que aparecerán de forma recurrente a lo largo de esta serie.

Ateo y agnóstico. Para fines de entender algunas secciones, es importante comprender la diferencia entre estos dos términos. El verdadero ateo, de los cuales hay muy pocos, cree que la misma idea de un ser divino carece de sentido. El agnóstico (no lo confundamos con gnóstico) es el que afirma la imposibilidad de decidir sobre el tema de la existencia de Dios, con base en la evidencia que se tiene. Tanto unos como otros, no creen; y muchos de ellos no procuran hallar respuestas a sus preguntas. Son personas que no se aventuran a “dudar de su duda”.

B. Es parte del evangelismo


No debe sorprendernos observar a Pablo defender la fe a la misma vez que la proclama, como en el ejemplo citado antes. La apologética es parte del evangelismo. A través de ella se busca quitar de en medio los obstáculos que los oyentes encuentran en su camino hacia la fe.

Compartir la fe cristiana se compara muchas veces con sembrar. En esta analogía, el que contesta las preguntas de los que dudan puede compararse al que va delante del sembrador preparando el terreno para la semilla, quitando pedruscos y ablandando la tierra.

El doctor Alister McGrath, biólogo molecular y profesor en la Universidad de Oxford, habla de esta relación del evangelismo con la apologética al decir:

Si al evangelismo se le define como “invitar a alguien a convertirse en cristiano”, entonces la apologética es la preparación del terreno para dicha invitación, para hacer más probable el que haya una respuesta positiva.

A veces pretendemos que la gente nos escuche, sin nosotros escuchar. Ignoramos las preguntas de aquellos con los que deseamos compartir nuestra fe. Sus preguntas necesitan respuestas.

Esto no quiere decir que todo el mundo necesite un discurso profundo para entender el Evangelio. El mensaje cristiano es fácil de comprender en sí mismo. Tampoco quiere decir que todas las personas que no creen en Dios, lo hagan por razón de sus dudas intelectuales. Es muy probable que solo una pequeña minoría de los que escuchan el Evangelio necesite las explicaciones que ofrece la apologética. Pero la existencia de ese grupo, aunque pequeño, es argumento suficiente para convencernos de la necesidad de ella. Esto es aún más necesario con las generaciones del siglo XXI.

¿Y qué de la obra del Espíritu Santo? La Biblia enseña claramente que la convicción de pecado que hace posible la conversión es obra del Espíritu Santo, cuya obra en el corazón del oyente es indispensable en el surgimiento de una fe salvadora. Esta obra sobrenatural no depende de las explicaciones, pero sí riega y abona la tierra preparada por la apologética, y donde la semilla del mensaje de Cristo ha sido sembrada.

El doctor Benjamin B. Warfield, importante apologeta de principios del siglo XX, aclaró sobre esto.


La prueba real de la veracidad de estos argumentos, en lo que concierne a la respuesta interna y al consentimiento a la argumentación, incluye la obra del Espíritu Santo.


Solo el Espíritu de Vida puede comunicar vida a un alma muerta, o puede convencer al mundo con respecto al pecado, y de la justicia y del juicio. Pero defendemos la posición de que la fe es, en todas sus expresiones, una forma de convicción, y es, por lo tanto, necesariamente fundada en evidencia.

Y explicó que:
El Espíritu Santo no produce en el corazón una fe ciega y sin fundamento. Lo que es provisto por su energía creadora no es una fe prefabricada, arraigada en nada, y que se aferra sin razón a su objeto; ni tampoco nuevas bases de creencia en el objeto presentado; sino la nueva habilidad del corazón de responder a las razones de la fe, suficientes en sí mismas… (Traducción del autor).

Apologética: ¿Para quién?


Lo presentado anteriormente nos lleva a una importante pregunta: ¿El problema básico del ser humano es espiritual o intelectual? Además, ¿es un problema universal? ¿Para quién es el mensaje del Evangelio?

Desde un punto de vista bíblico, la raíz del problema del hombre es primordialmente espiritual, y no intelectual. La “muerte espiritual” de la que escribió Pablo (Efesios 2:1-3 y otros) resume la enseñanza bíblica de los efectos del pecado sobre los seres humanos. En otro lugar, Pablo explicó la condición de incredulidad humana cuando habló del “entendimiento entenebrecido” (Efesios 4:18) y “cegado” (2 Corintios 4:4).

¿Significa esto que es innecesario o inútil aclarar las dudas de los que no creen? Catalogar el problema del hombre como principalmente espiritual no significa que su intelecto no sea importante, ni implica que las dudas intelectuales dejen de ser un obstáculo en la conversión. La Biblia presenta la naturaleza humana como algo integral. La persona es como una cuerda compuesta por tres hebras de igual importancia, entrelazadas de forma íntima la una con las otras: la dimensión espiritual, la física y la psíquica.

Estos tres aspectos definen la naturaleza humana. Los tres tienen su importancia en el camino a la fe. Cada uno afecta y es afectado por los otros dos. Por eso las dudas intelectuales entorpecen el camino hacia la fe. Eliminar las dudas intelectuales hasta donde sea posible, ayuda a hacer más fácil transitar el camino a Dios.

Ateísmo, agnosticismo y los “nones”

  1. Estadísticas
  2. Entre los jóvenes
  3. Los “nones”
  4. Cambio en los valores
  5. Sociedades pos-cristianas

III. ¿Cómo llegamos aquí?


A. Introducción


Durante siglos la cultura occidental estuvo centrada en la fe cristiana y sus valores. La Teología era la “madre de las ciencias”. La casi totalidad de las primeras universidades fueron fundadas como instituciones cristianas de enseñanza y la fe era una parte principalísima de la sociedad.

B. Los “ismos” que nos han llevado al abismo


Un rápido y superficial recorrido a través de la historia medieval y moderna nos demuestra cómo es que en Occidente le hemos dado a la Razón humana el lugar que antes ocupaba Dios

  1. Desde siempre
    a. Creencia en un Ser Supremo es una de las marcas de humanidad.
    b. ¿Cerebro “alambrado” para necesidad espiritual?
    c. El por qué
  • No somos sólo materia.
  • Fuimos creados por y para Dios.
  • “Has puesto eternidad en el corazón de ellos.” (Salomón en Ecle. 3:10)
  • “Tú nos has hecho para ti y nuestros corazones no descansarán hasta que descansen en ti.” (Agustín)
  • “En el corazón del hombre hay un hueco con la forma de Dios y que sólo Dios puede llenar.” (Pascal)
    d. La búsqueda
  • El anhelo por lo trascendente es universal.
  • ¿Cómo explicarlo desde la perspectiva naturalista?
  1. Humanismo
    a. “El hombre es la medida de todas las cosas.”
    (Protágoras, S. V a.C)
    b. Revivir la cultura clásica (primero).
    c. Centralidad del ser humano (luego).
    d. Erasmo de Roterdam
  2. Racionalismo
    a. René Descartes y su Discurso del Método S. XVII
    b. “Cogito ergo sum”
    c. La razón como la prueba de la verdad.
    d. La realidad tiene una estructura inherentemente lógica.
  3. Naturalismo
    a. Sólo existe la materia.
    b. También llamado “materialismo”
    c. Excluye lo sobrenatural (por definición)
    d. “El Cosmos es todo lo que hay, o ha habido jamás, o habrá.” (Carlos Sagan, 1980)
    e. “Mientras más comprensible aparenta ser el Universo, más insustancial parece.” Steven Weinberg, s. XX
    f. Propulsado fuertemente por Carlos Darwin y su libro El origen de las especies (1859)
    g. Richard Dawkins (S. XX-XXI)
    “…Darwin hizo posible ser un ateo intelectualmente satisfecho.”
    “La biología es el estudio de cosas complicadas que dan la apariencia de haber sido diseñadas con un propósito.”
    “Aun si no hubiese evidencia en favor de la teoría darwiniana, deberíamos todavía estar justificados en preferirla a teorías rivales.”
  4. Agnosticismo
    a. No se puede saber de la existencia de nada más allá de la experiencia.
    b. “Ir tan lejos como la razón te lleve.” (Huxley)
    c. Para efectos prácticos, lo mismo que ateísmo.
    d. Thomas Huxley
    e. J R M V
    “La supuesta sofisticación del ateísmo sin la necesidad de defenderlo.”
    “La forma de parecer inteligente admitiendo ignorancia.”
  5. Relativismo
    a. Arbitrariedad de la moral.
    b. No existe el bien o el mal objetivo.
    c. No existe referente absoluto para la conducta.
    d. “Depende” de Jarabe de Palo
  6. Posmodernismo
    a. Reacción al optimismo exagerado de la modernidad (razón, ciencia, tecnología).
    b. Subjetividad, sensación, definir significado.
    c. Diversidad, pluralismo, relativismo.
    d. Desconstrucción

Antes de continuar de lleno en las contestaciones a las “grandes preguntas”, hablemos sobre la duda.

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