Breves respuestas… #3

Alguien ha dicho que las “dudas son las hormigas en los pantalones de la fe. La mantienen despierta y en movimiento”. Sin embargo, los cristianos somos muy recelosos con los que dudan y la mayoría de nosotros solemos responder con el consabido “tienes que aceptarlo por fe”. ¿Hay o no hay contestaciones a las preguntas que se hacen a la fe cristiana?

Hoy continuamos con la serie BRGP, sobre la Defensa de la fe cristiana.

I. Introducción
A. ¿Es necesaria?
B. ¿Qué es “Breves respuestas a grandes preguntas”?
C. Los “testigos de Dios”
D. Los “testigos de Dios” ofuscados (Dios y las evidencias sustituidos)
E. ¿Qué es Apologética?

II. Apologética: ¿Por qué?
A. La necesidad de respuestas
B. Es parte del evangelismo
C. Apologética: ¿Para quién?

  1. Estadísticas
  2. Las dudas en los creyentes

III. ¿Cómo llegamos aquí?
A. Introducción
B. Los “ismos” que nos han llevado al abismo

  1. Humanismo
  2. Racionalismo
  3. Naturalismo
  4. Agnosticismo
  5. Relativismo
  6. Posmodernismo
    a. Reacción al optimismo exagerado de la modernidad (razón, ciencia, tecnología).

De esto hablaremos más adelante pero, antes de continuar de lleno en las contestaciones a las “grandes preguntas”, hablemos un poco más sobre la duda.


IV. La duda


A. Introducción


Fue Frederick Buechner quien escribió que las “dudas son las hormigas en los pantalones de la fe. La mantienen despierta y en movimiento”.

¿Cómo hacer frente a las dudas de los no creyentes?

Comencemos por decir que algunas de las personas que abandonan la fe o que rehusan creer, no rechazan a Dios, sino a una imagen caricaturizada de Dios. El Dios que muchas veces presentamos los cristianos no corresponde con el Dios de la Biblia, y es a ese “dios” a quien el no creyente rechaza. En esta situación debería ser más fácil para nosotros. Simplemente tendríamos que explicar pacientemente cómo Dios es en verdad.

Eso no significa que la responsabilidad recaiga totalmente en el portador del mensaje. La responsabilidad es del no creyente. Es tanto lo que está en juego que el escéptico no debería limitarse a decir su opinión o a manifestar sus dudas, sino que debería poner empeño en conocer acerca del tema. Es mucho lo que está en juego.

La verdad del caso es que pocos lo hacen. Pocos se dan a la tarea de tomar una decisión informada con respecto a la existencia de Dios y a la fe cristiana. De la misma manera que muchos critican la Biblia sin haberla leído, muchos rechazan el cristianismo sin haberlo entendido.

Por otro lado, recordemos que no toda duda es una duda real y sincera. Tanto para aquellos que no creen, como para aquellos que alguna vez creyeron, las motivaciones para su decisión de no creer o de abandonar la fe no siempre son asuntos de carácter puramente intelectual. No queremos decir que la inteligencia de las personas que no creen sea deficiente. Lo que sí sugerimos es que, basados en estudios y la experiencia, podemos decir que muchos de los que no creen, no lo hacen porque sus argumentos y razonamientos les hayan llevado a quedar convencidos de que el cristianismo no sea cierto.

Por ejemplo, Aldous Huxley, pensador y escritor (autor de la obra Un mundo feliz), confesó que había rechazado las convicciones religiosas cristianas porque reconocía que no estaba dispuesto al compromiso ético que exige la fe cristiana. dijo lo siguiente:

De mi parte, y estoy seguro que para la mayoría de mis contemporáneos, la filosofía de la carencia de sentido fue esencialmente un instrumento de liberación. La liberación que deseábamos nosotros era la de un sistema específico de moralidad. Objetábamos la moralidad porque ella interfería con nuestra libertad religiosa.

Una afirmación más reciente, pero muy similar a esta, es recogida en una cita del filósofo Thomas Nagel:
Yo quiero que el ateísmo sea cierto… No es solo que yo no crea en Dios y, naturalmente, espero estar correcto sobre mi creencia. ¡Es que yo espero que no haya Dios! Yo no deseo que haya un Dios; yo no deseo un universo así.

De manera que los que no creen no necesariamente piensan como lo hacen basado en su investigación de la fe cristiana sino porque no desean creer. Pero hay más…

Paul C. Vitz, doctorado en psicología en la Universidad Stanford y profesor de esa disciplina en la Universidad de Nueva York (NYU, por sus siglas en inglés), fue ateo hasta su edad adulta. En un interesantísimo libro titulado The Faith of the Fatherless: The Psychology of Atheism (La fe de los que no tienen padre: La psicología del ateísmo) publicado en 1999, el doctor Vitz presenta cómo la ausencia de una adecuada figura paterna es parte de la historia de muchos de los ateos más conocidos de tiempos pasados. Este es el caso de personas como Voltaire, Thomas Hobbes, David Hume, Ludwig Andreas von Feuerbach, Friedrich Nietzsche, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Bertrand Russell y Sigmund Freud.

Tanto el creer como el no creer son operaciones complejas en las que emociones, deseos, razonamientos y otros factores entran en juego. No es un asunto puramente intelectual.

B. ¡El cristiano también duda!


Los cristianos dudamos porque pensamos. Y Dios, quien nos dio la capacidad racional, lo entiende. Nuestras dudas honestas no incomodan a Dios.

Muchos cristianos se debaten a diario entre la duda y la fe. Bombardeados sin clemencia por un sistema anti-Dios, han llegado a creer que no existen respuestas adecuadas a las críticas de los enemigos de la fe. Seducidos por la falsa creencia de que para ser creyente hay que deshacerse primero de su cerebro, optan o por un agnosticismo relativista o por un fideísmo (fe sin razón) bien intencionado, pero incapaz de servir de fundamento para una vida cristiana sólida.

Tristemente, en la mayoría de las iglesias no sabemos cómo enfrentar las dudas de los miembros, en especial las de los jóvenes. El resultado suele ser que a la tensión de la inseguridad del que duda, se le añade el peso de la culpa. A estos cristianos a veces se les percibe como carnales deficientes o como una amenaza contra la fe de los otros fieles. Presumimos que hay algo malo en la vida espiritual de quien tiene dudas. Nos ponemos nerviosos y contestamos con el superficial: “Acéptalo por fe”.

Los que dudan y se van
En un tema muy relacionado a este, al que hicimos alusión anteriormente, artículos recientes publicados en la revista Christianity Today nos alertan sobre dos fenómenos interesantes pero preocupantes. Primero está el hecho de que aunque parece que hacemos un buen trabajo en ganar a los niños para Cristo (la mayoría de las personas se convierten antes de los 8 años de edad), los jóvenes entre 18 y 28 años se apartan de la fe en números alarmantes. Según uno de los estudios, hasta un 80 por ciento de estos deja de asistir a la iglesia y solo un 30 por ciento de ellos regresa en su vida adulta.

El otro fenómeno —por supuesto, conectado al anterior— expresa que la proporción de personas jóvenes que manifiestan no tener ninguna religión (algunos los llaman “nones” y los mencionamos anteriormente) ha aumentado de manera significativa en las últimas décadas. En el año 2010 una encuesta mostró que el 22 por ciento de los jóvenes entre 18 y 29 años no se identificaban con religión alguna. Tan solo 20 años antes, en el 1990, este porcentaje era justo la mitad. Dentro de esos jóvenes que dicen no tener religión, el 73 por ciento de ellos viene de hogares religiosos y el 66 por ciento se les podría catalogar como “de-convertidos”. Otro estudio semejante concluyó que los jóvenes estadounidenses están abandonando su religión a una velocidad más alta que en cualquier otro momento registrado en generaciones anteriores.

Por supuesto, las dudas de carácter intelectual no son la única razón por la cual los jóvenes del citado estudio abandonan la fe, pero juegan un papel importantísimo. La experiencia nos dice que la entrada a la universidad marca para muchos la puerta del camino que les aleja de Dios. Al llegar a esta, el ambiente general y los desafíos intelectuales de los profesores a veces son suficientes para acabar con la fe del joven creyente.

Todos estos datos, y las experiencias anecdóticas de muchos de los lectores, deberían movernos a los líderes de las iglesias cristianas a tomar cartas en este asunto crucial. Ignorar las dudas de nuestros jóvenes no las hará desaparecer, sino todo lo contrario. No contestarlas o contestarlas de manera superficial, da la impresión al joven de que no existen contestaciones para sus preguntas; ¡y contestaciones hay!

En el mundo actual se hace imprescindible que las iglesias trabajen en adiestrar a sus jóvenes en la apologética. Cada joven cristiano debe aprender en su propia iglesia que las preguntas no son malas, y que toda pregunta a la fe tiene una buena contestación. Por supuesto, y como ya hemos dicho, el joven que duda debe tener la seguridad de que en el ambiente de su iglesia las preguntas son bienvenidas.

La duda y la iglesia
Como regla general, las iglesias cristianas no están preparadas para contestar las preguntas de los que dudan. Algunos creen que “la fe” debe bastar, otros nunca dudan y otros dudan, pero son demasiado perezosos como para pasar el trabajo de hacer algo al respecto.

Al hablar sobre el tema de los jóvenes que abandonan la iglesia, el autor del artículo mencionado antes afirma lo siguiente:

Otro patrón inquietante emergió durante mis entrevistas. Casi sin excepción, aquellos con los que hablé y que dejaron [la iglesia] recordaron que, antes de dejar la fe, se les mandó callar cuando expresaron sus dudas. Algunos fueron ridiculizados frente a sus compañeros por hacer “preguntas insolentes”. Otros reportaron recibir contestaciones trilladas a preguntas que les inquietaban profundamente y luego ser reprendidos por no aceptar dichas contestaciones…

En la reunión de la Asociación Sociológica Americana del 2008, eruditos de las universidades de Connecticut y Oregon reportaron que “el papel más frecuentemente mencionado en la de-conversión fue la amplificación de dudas ya existentes”. Los de-convertidos reportaron que “compartieron sus crecientes dudas con un amigo o familiar cristiano solo para recibir contestaciones trilladas que no ayudaban”.

Dudar puede ser bueno
¿Qué puede hacer la iglesia? Lo primero es proveer el ambiente para que los creyentes de cualquier edad se sientan cómodos al plantear sus preguntas. Esa atmósfera no es difícil de crear. Surge de forma natural cuando los líderes clave (en especial los pastores) se sienten cómodos al hablar de sus propias dudas, y también aprovechan cada oportunidad en sus predicaciones para recordar a los creyentes que la fe cristiana, aunque no es racional, es razonable, como ya hemos mencionado varias veces.

Es muy importante que el creyente, joven o no, pueda manifestar sus dudas y conversar con libertad sobre ellas en el seno de la misma iglesia. Las dudas suelen ser una buena señal: que la persona está pensando su fe.

Eso es muy importante entre los jóvenes, en particular aquellos que ya cursan la escuela superior o la universidad. En ocasiones estas instituciones se convierten en un verdadero coliseo romano, donde la ingenuidad de los creyentes se presenta como presa a las bestias y gladiadores de preguntas sin (supuestamente) contestación. La fe de nuestros jóvenes está siendo atacada de manera constante. A la presión de grupo se añade la figura de autoridad del profesor que, se presume, sabe de lo que habla.

Repetimos que dudar en sí mismo no es malo ni pecado. El filósofo cristiano Peter Kreeft dice lo siguiente al respecto:

Nosotros también hemos sido programados por nuestra herencia y por nuestro entorno, para cuestionarnos nuestra programación. Dudamos. Dudar es glorioso. Solo quien ha dudado puede creer, de la misma manera que solo quien ha experimentado el desasosiego puede tener esperanza, y que solo puede amar quien puede odiar.

Formación
Lo segundo que podemos hacer en la iglesia es desarrollar oportunidades de formación en el área de la apologética (defensa). Podemos invitar personas capacitadas a dar conferencias en los cuales se presente la sólida evidencia en favor de la fe cristiana y se dé el espacio a los asistentes de plantear sus preguntas (de forma anónima si fuese necesario).

Mejor aún, la apologética debe incluirse en el currículo regular de enseñanza bíblica para niños, jóvenes y adultos. Debemos empezar con los niños. Existen maneras de comenzar temprano en el equipamiento de nuestros creyentes más jóvenes, con las herramientas que necesitan para la batalla que libran a diario.

La iglesia puede, además, animar a algún joven capaz a adiestrarse en esta área, costeándole los gastos de libros y conferencias. Esa clase de inversión puede ser clave para nuestros jóvenes en el futuro. Actualmente el grupo de Ravi Zacharias ofrece un excelente curso online a precio muy accesible.

Por último, la iglesia debe preparar una biblioteca con recursos básicos de apologética y una lista de la gran cantidad de buenos recursos disponibles en Internet, tanto en inglés como en castellano.

Cristiano, ¡duda! No creer puede ser pecado, pero dudar no lo es.

C. Anatomía de la incredulidad


En el capítulo 7 del Evangelio según San Juan, se narra un interesante episodio en la vida de Jesús que nos permite ver en acción algunos mecanismos no necesariamente intelectuales que llevan a la increencia.

Jesús se encuentra en Jerusalén para una de las fiestas judías. Él mismo les invita a juzgarle.

24 No juzguen por las apariencias; juzguen con justicia.

Los cosas que hacía y decía no solamente llamaban la atención sino que también en alguna manera forzaban a la gente que le escuchaba a tomar una decisión sobre tan particular personaje.

16 —Mi enseñanza no es mía sino del que me envió.

29 pero yo sí lo conozco porque vengo de parte suya, y él mismo me ha enviado.

31 «Cuando venga el Cristo, ¿acaso va a hacer más señales que este hombre?»

37 …—¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba! 38 De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de agua viva.

Por esto la reacción de muchos.

(15) ¿De dónde sacó éste tantos conocimientos sin haber estudiado?

46 —¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre!

Opiniones había de todo tipo:

12 Unos decían: «Es una buena persona.» Otros alegaban: «No, lo que pasa es que engaña a la gente.» 13 Sin embargo, por temor a los judíos nadie hablaba de él abiertamente.

40 …«Verdaderamente éste es el profeta.» 41 Otros afirmaban: «¡Es el Cristo!» Pero otros objetaban: «¿Cómo puede el Cristo venir de Galilea?

Algunos optaron por una respuesta fácil: “Estás endemoniado” (20)

El ambiente de tensión que sirve de trasfondo a este estos diálogos se percibe con claridad en estas palabras:
12 Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo. 13 Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos. (Juan 7:12-13).

La fama de Jesús estaba creciendo y ya muchos conocían de él, sobre todo en la región de Galilea. Como es natural, no todas las personas reaccionaron igual a tan revolucionaria figura. Las respuestas ante Jesús que se pueden observar en este interesante episodio van desde la convicción de que es el Hijo de Dios y Mesías, hasta la absoluta incredulidad, pues “ni aun sus hermanos creían en él” (Juan 7:5).

Creo que si miramos con algo de atención la narración, podemos descubrir en este intercambio entre Jesús y sus opositores elementos no intelectuales que llevaron a diferentes personas a no creer en Jesús. A la fuerza detrás de las reacciones hacia Jesús descritas en este pasaje, les llamo la “anatomía de la incredulidad”.

Incredulidad a la carta
De las opiniones sobre Jesús que leemos en el capítulo 7 del Evangelio de San Juan, podemos identificar varias categorías de incrédulos o, si queremos, diversas facetas de la incredulidad.

La primera categoría es la de los incrédulos por desidia o ignorancia. Esto se refiere las personas que sencillamente no dieron importancia a la figura de Jesús y, por lo tanto, no se preocuparon por investigar sobre él. Me explico.

Una de las características esperadas en el Mesías (por la tradición, no por las Escrituras), era que este se mantendría oculto hasta el mismo momento de su manifestación. Pero algunos conocían la procedencia de Jesús, específicamente de Galilea, ya que Jesús se había criado en Nazaret, pueblo de esa región.

25 Decían entonces unos de Jerusalén: ¿No es éste a quien buscan para matarle? 26 Pues mirad, habla públicamente, y no le dicen nada. ¿Habrán reconocido en verdad los gobernantes que éste es el Cristo? 27 Pero éste, sabemos de dónde es; mas cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde sea. (Juan 7:25-27).

Más adelante en el capítulo leemos:
40 Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta. 41 Otros decían: Este es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? 42 ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? (Juan 7:40-42).

Las “fake news” no se inventaron en el S. XXI. Tanto por la descendencia davídica como por la profecía bíblica en Miqueas 5:2, se entendía que el Mesías nacería en Belén. Pero la información (incorrecta) que tenían sobre Jesús indicaba que provenía de Nazaret, donde se crió, un lugar del que no se esperaban grandes cosas ni grandes personas. Recordemos que Natanael, uno de los que luego sería contado entre los apóstoles, al enterarse de la procedencia de Jesús, preguntó: “¿Puede venir algo bueno de Nazaret?”; Juan 1:45).

Por supuesto, sabemos que Jesús nació en Belén. Pero pareciera ser que nadie entre estos opositores se había tomado la molestia de preguntar. Una sencilla investigación hubiera aclarado la incorrección de ese dato.

A esto mismo les invitó Nicodemo:

51 —¿Acaso nuestra ley condena a un hombre sin antes escucharlo y averiguar lo que hace?

De la misma forma hoy, y a pesar de lo que está en juego, la mayoría de los incrédulos no procuran conocer aquello en lo que dicen no creer. Es igual que la persona que ignora la alarma de incendio en el edificio en el que se encuentra, pero rehusa confirmar el aviso por sí mismo. Su indiferencia y pereza le costarán la vida.

La segunda categoría es la de una ignorancia auto-impuesta. En este caso, los que dudaban rehusaban escuchar al acusado y evaluar la evidencia por sí mismos. Ya ellos habían llegado a sus propias conclusiones y no querían ser confundidos con los hechos.

El doctor Ravi Zacharias, en su libro ¿Puede el hombre vivir sin Dios?, comparte esta interesante cita, nuevamente de Aldous Huxley:

Yo tenía motivos para no desear que el mundo tuviera sentido; en consecuencia yo presumí que no lo tenía, y, sin demasiado esfuerzo, fui capaz de encontrar razones satisfactorias para esta presunción mía. La mayor parte de la ignorancia es ignorancia vencible. Nosotros no sabemos porque no deseamos saber. Es nuestra voluntad la que decide cómo y sobre qué objetos nosotros usaremos nuestra inteligencia. Aquellos que no detectan el significado en el mundo generalmente lo hacen porque, por una razón u otra, les conviene que el mundo sea sin sentido.

Es como la siguiente situación hipotética. Imaginemos que se ha dado aviso de una epidemia de influenza, causada por una cepa del virus particularmente contagiosa y fatal. ¿Verdad que procuraríamos informarnos? Seguramente que preguntaríamos sobre cómo prevenirla y, de estar ya enfermos, sobre como curarla. Esa es la actitud que los que escuchaban a Jesús en este capítulo NO tuvieron.

La tercera categoría es la de los incrédulos por delegación. Estos son los que dejan que otros decidan por ellos. Los líderes religiosos tenían sus opiniones y algunos curiosos depositaron su confianza en el veredicto de los “expertos”. No había ni el deseo ni la intención del trabajo necesario para llegar a sus propias conclusiones. Creían lo que otros decidían.

26 ¿Será que las autoridades se han convencido de que es el Cristo ¿Será que las autoridades se han convencido de que es el Cristo

48 ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos?

Lo mismo sucede hoy. La ciencia ha establecido límites al conocimiento humano excluyendo lo no material (“El cosmos es todo lo que hay, o ha habido jamás, o habrá”, Carl Sagan, 1980). En una sociedad en la que se rinde culto a la ciencia, pareciera que todos hemos aceptado lo que es más una presuposición que una conclusión. Hemos permitido que los científicos decidan por nosotros —dentro y fuera del campo de la ciencia— sin reconocer que mucho de lo que nos dicen sobre temas no científicos, es el reflejo de sus propios prejuicios y no de un conocimiento basado en evidencias.

Aun cuando aceptan, en momentos de rara sinceridad, los límites de la ciencia, muchos científicos de ideología materialista hacen aseveraciones tajantes y concluyentes sobre la no existencia de Dios. Los límites de la ciencia desaparecen cuando esta se convierte en una ideología o, peor aún, en una religión, como ha sucedido en las últimas décadas.

La cuarta categoría es la de los incrédulos por decisión. Hay gente que ha decidido no creer porque ha escogido un estilo de vida contrario a lo que supondría la creencia en Dios; o, en particular, el dios cristiano.

El filósofo Mortimer Adler, convertido al cristianismo en edad anciana, confesó rechazar el compromiso religioso durante la mayor parte de su vida porque:

[…] requeriría un cambio radical en mi forma de vida, una alteración básica en la dirección de mis decisiones cotidianas, así como en los objetivos últimos que se buscan o se anhelan. La sencilla verdad del asunto es que yo no deseaba vivir a la altura de una persona genuinamente religiosa.

En el caso de la historia de Jesús que comentamos, algunos optan por la incredulidad, deciden no creer, a pesar de las enseñanzas y señales de Jesús.

Los fariseos oyeron a la gente que murmuraba de él estas cosas; y los principales sacerdotes y los fariseos enviaron alguaciles para que le prendiesen. (Juan 7:32).

45 Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído? 46 Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! 47 Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados? (Juan 7:45-46).

Los guardias con la encomienda de vigilar y arrestar a Jesús admitieron la singularidad del profeta. Sin embargo, ni esto ni los milagros del Maestro fueron suficientes para traer a la fe a los líderes que originaron la investigación. Simplemente habían decidido no creer.

Una frase atribuida al doctor Alfred Plummer, apunta sobre el peligroso resultado de una incredulidad auto-impuesta.

La gracia puede ser rechazada tan persistentemente como para destruir la capacidad de aceptarla… “Yo no lo haré” conduce a “no puedo”.

La pregunta sincera que todo no creyente debe hacerse sobre su increencia es si existe alguna otra razón, aparte de una convicción intelectual, para no creer. Debería preguntarse: ¿no creo porque las evidencias me llevan a no creer o solo porque no quiero creer?

Somos capaces de ignorar la verdad aun cuando está delante de nuestros ojos. La disposición a la obediencia antecede a la comprensión de la verdad.

Pero si esto es así, ¿qué de las dudas de los creyentes? ¿Acaso dudan los que creen? ¡Definitivamente! Los creyentes también necesitan respuestas. ¡El cristiano también duda!

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V. El problema de la Verdad


Al relativismo moderno establecido de manera sólida en la cultura académica y general del siglo XX se le añadió el discurso posmoderno.

Este último cambió las reglas del juego en lo que a argumentación y metodología filosófica e histórica se refiere. En el pensamiento posmoderno se afirma que el saber humano no es sino una construcción basada en impresiones subjetivas que pueden o no guardar relación con la realidad. Dicho de otra manera, las verdades postuladas son artificiales, sin la correlación necesaria con una realidad absoluta. La supremacía del razonamiento, característica de la Modernidad, se deja atrás y se da por obsoleta e insuficiente. El resultado ha sido que la verdad es considerada, como mucho, relativa.

Sigo en este tema la línea general de argumentación de los doctores Ravi Zacharias y Paul Copan en sus libros sobre el tema.

Uno de los eventos más interesantes que fueron parte del drama de la muerte de Jesús, fue su entrevista con Pilato, el procurador romano. Este último fue colocado en una dificilísima situación cuando se pidió su autorización para ejecutar al profeta de Galilea. Pilato tenía la autoridad para absolver al prisionero o dar el visto bueno para su ejecución. El punto climático en dicho encuentro fue una pregunta que Pilato dirigió al prisionero. Al Jesús autodenominarse rey y mencionar su relación con la verdad, Pilato preguntó: “¿Qué es la verdad?”. Jesús guardó silencio.

¿Sería sincera la pregunta? ¿Tendría Pilato inquietudes filosóficas? ¿Dudas existenciales? ¿Esperaba Pilato una contestación? ¿Qué hubiera respondido Jesús? No lo sabemos.

Pero esto sí sabemos. La búsqueda de la verdad es tan antigua como el pensamiento. Pero hoy pareciera que tenemos resuelto el asunto pues, sin pensarlo dos veces, se afirma con seguridad que “la verdad es relativa…”. La verdad absoluta ya no existe; murió. Los filósofos modernos certificaron su defunción y los medios de comunicación celebraron su sepelio.

Por ejemplo, hace ya algún tiempo que, en un anuncio de una marca de cerveza muy popular en España, se decía: “La vida no es como es. La vida es como tú la ves”. Bajo esta forma de pensar, cada quien se convierte en el arquitecto de su propia verdad.

De la realidad a la relatividad
¿Cómo llegamos a esto? El concepto de una “verdad relativa” no es nuevo. Ya Protágoras, filósofo griego del siglo V a. C., había afirmado que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Pero fue con el Renacimiento y la Ilustración que comenzaron los pasos definitivos en dirección contraria al concepto de una verdad absoluta. Para esa época, Dios había dejado de ser el centro y la base de la sociedad. El re-descubrimiento de los clásicos griegos y el humanismo que resultó, llevaron al razonamiento humano a tomar el lugar de Dios como “medida de todas las cosas”.

Más tarde, con la Modernidad, llegó la exaltación de la razón, la ciencia y el progreso. La atención pasó de lo sobrenatural a lo natural. Y según parecían resolverse los misterios de la vida y ampliábamos de manera significativa nuestra comprensión del orden del cosmos, se eliminaba la necesidad de Dios. Por lo menos así han pensado algunos. Se exaltó el progreso y se creyó devotamente que nada estaba fuera del alcance de la humanidad, la ciencia y la tecnología. Los objetos de culto cambiaron; de las catedrales a los laboratorios. Así pues, en la búsqueda de una guía para la vida, el hombre consiguió su autonomía para conocer la verdad sin estar sujeto, como antes, a la autoridad de la Iglesia o de Dios.
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