Breves respuestas… #7

Todavía podemos encontrar a uno que otro sabio mal informado que se atreve a decir que Jesús de Nazaret no existió de verdad. Esto está relacionado en parte con el hecho de que todavía hay personas que restan validez a los 4 Evangelios como documentos históricos. Bueno, ¿qué le vamos a hacer? La ignorancia es atrevida.

Estos son los temas cubiertos hasta ahora:
I. Introducción: sobre los “testigos de Dios”
II. Sobre la definición y necesidad de la Apologética
III. Sobre cómo llegamos aquí: Los “ismos” que conducen al abismo
IV. Sobre la duda
V. Sobre la existencia de Dios
VI. Ciencia y fe
A. Aspectos introductorios generales
B. Ciencia y fe cristiana: MITOS
Mito #1 La ciencia ha hecho a Dios innecesario.
Mito #2 La fe cristiana se opone al desarrollo científico.

  1. La fe cristiana favoreció el desarrollo científico
  2. Científicos famosos
  3. Científicos famosos hoy
    Mito #3 No hay nada en la ciencia que apoye la creencia en Dios.
    Principio Antrópico:
    Diseño Inteligente

“Complejidad irreductible” – Sistemas de varios componentes, todos necesarios para cumplir con su función, imposibles de explicar por el proceso evolutivo.
Darwin: “Si se pudiera demostrar que cualquier órgano complejo existió que no pudiera haberse formado por modificaciones leves, numerosas y sucesivas, mi teoría se vendría abajo absolutamente”.

Behe: “Para Darwin, la célula era una ‘caja negra’ – su funcionamiento interno eran un misterio total para el. Hoy, la caja ha sido abierta y conocemos como funciona. Aplicando la prueba de Darwin al mundo ultra-complejo de maquinas moleculares y mecanismos celulares descubiertos en los pasados 40 años, podemos decir que la teoría de Darwin ha fallado.”

El ejemplo de la ratonera.

El proceso de la micro-evolución no es capaz de explicar cómo, a nivel celular, se forman las “herramientas” con las que se construyen los organelos.

VII. El Nuevo Testamento

Lo que podemos lograr en nuestro estudio a través de la historia, tiene sus limitaciones. La historia no es una ciencia exacta, y su estudio no puede estar sujeto a la verificación científica del laboratorio, por la naturaleza misma de la disciplina. También, como el Posmodernismo se ha encargado de recordarnos, la “construcción” histórica subjetiva es muy difícil (o imposible) de evitar.

Los cristianos no huimos al desafío que implica el examen de la historicidad de los orígenes del cristianismo. Todo lo contrario. La fe cristiana está sólidamente sembrada en la historia. Los cristianos creemos que Dios intervino en la historia de la humanidad, encarnándose en la persona de Jesús. Creemos no solo que este es un dato verificable, sino que animamos a que se investigue y confirme por el estudio de la historia misma. Sobre esto comenta Michael Grant (historiador no cristiano) lo siguiente:

Aun cuando el interés primario de los autores de los Evangelios era espiritual, viniendo la historia después, la Iglesia cristiana siempre se ha preocupado, más que cualquiera de sus rivales, con la idea de que la vida de Jesús fue historia; y con buena razón, ya que el cristianismo es la única religión que cae o permanece por supuestos hechos históricos.

Historia y Nuevo Testamento
Quizás el lector objete que durante el diálogo sobre la persona de Jesucristo o de las raíces históricas de la fe cristiana, se acuda a los escritos bíblicos como fuente de información. Hay dos puntos importantes a considerar en contestación a esa objeción:

  1. Cuando los cristianos hablamos de la inspiración de las Escrituras (2 Timoteo 3:16; 1 Pedro 2:22), no nos referimos a que Dios dictara desde los cielos la Palabra a los autores bíblicos. Lo que sí creemos la mayoría de los cristianos, es que el Espíritu Santo guió a los autores bíblicos en su tarea. Este proceso, por supuesto, no anula la personalidad de los escritores, su trasfondo cultural o la fiabilidad histórica de los hechos que narran.
  2. Usar el Nuevo Testamento para los propósitos de nuestra “contestación a grandes preguntas”, no requiere que nuestro lector se suscriba a la creencia cristiana de la inspiración de la Biblia. Lo que sí planteamos es el uso del Nuevo Testamento como documento histórico.

Para nuestro fin, basta con demostrar que los primeros documentos de la Iglesia cristiana cumplen con tres requisitos: fiabilidad documental, fiabilidad histórica y fiabilidad literaria.

Fiabilidad documental

La mayoría de los que critican al Nuevo Testamento nunca lo han leído e ignoran la abundancia y la antigüedad de los documentos (manuscritos) a través de los cuales nos llegó.

El estudio de la historia depende de las fuentes disponibles. Como ya mencionamos, contrario a las ciencias puras, la historia no puede realizar experimentos ni verificaciones en un laboratorio para confirmar la exactitud de sus afirmaciones. En esta, la verificación viene determinada principalmente por las fuentes de las que se dispone; pero no solo de las fuentes, sino también de la calidad de ellas. A su vez, esta calidad está influenciada de manera importante por el número de documentos y por su antigüedad.

No disponemos de los documentos del Nuevo Testamento escritos de puño y letra por los apóstoles. Los materiales en los que se escribía entonces eran de duración relativamente corta, por lo que su preservación hasta hoy ha sido el fruto del trabajo de copistas, cuya función era la de hacer copias de los documentos de forma manual. Como sabemos que los humanos tendemos a equivocarnos, podemos imaginarnos lo que el proceso de copiar a mano durante generaciones puede hacer con un relato. Los errores y las alteraciones de los copistas son inevitables. Para subsanar en algún grado este problema, los estudiosos de estos documentos consideran dos factores al “reconstruir” los originales: la fecha de los documentos (mientras más antiguos, mejor, por estar más cerca del tiempo del original) y el número de las copias disponibles (a mayor número de copias, se obtendrán más evidencias que ayuden a identificar los cambios introducidos por los copistas al documento original).

En el caso del Nuevo Testamento, disponemos de miles de manuscritos en papiro y piel que incluyen desde segmentos hasta libros enteros, y aun ejemplares de todo el Nuevo Testamento que datan de los primeros cuatro siglos de nuestra era. Algunos pedazos que se conservan han sido identificados como escritos en la segunda parte del siglo I.

Aunque lo explicado en los párrafos anteriores pueda parecernos un problema, la realidad es que el Nuevo Testamento está más respaldado por evidencia documental que todas las obras más importantes de la literatura clásica griega. En esos casos, no es extraño contar solo con un puñado de manuscritos de hasta diez siglos de distancia de los originales.

De manera que el respaldo documental, tanto en cantidad como en cercanía a los hechos, es muy favorable para el Nuevo Testamento. Hoy en día, gracias a esta cantidad y calidad de documentos, las dudas textuales sin resolver sobre algunos de sus pasajes son muy pequeñas y ninguna atañe a enseñanzas de importancia.

Fiabilidad histórica

Como comentamos en la sección anterior, disponemos de una distancia corta entre los hechos narrados en el Nuevo Testamento y los documentos que conservamos de él. Por ejemplo, los Evangelios se escribieron durante la generación siguiente a los hechos que narran. Lucas fue escrito antes que el Libro de los Hechos (que se escribió en el año 62 d. C.). Algunos datos se registran en el 56 d. C. (1 Corintios 11; 15). Lo que esto significa es lo siguiente: los escritos más tempranos del Nuevo Testamento podían ser verificados por testigos oculares de los hechos que narraban. Esto contribuyó a evitar que el paso del tiempo en que la historia se comunicaba de forma oral, introdujera alteraciones significativas a la narración original.

Mateo (60-70 d.C.)
Marcos (50-65 d.C.)
Lucas (60-80 d.C.)
Juan (90-100 d.C.)

Otro factor importante es el carácter de los autores. Los escritores bíblicos figuran en las narraciones del Nuevo Testamento y, en algunos casos, en las de la historia secular. La imagen que tenemos de ellos es la de personas de una alta estatura moral. Tanto así que muchos de ellos padecieron el martirio por causa de su fe.

Testigos oculares
Testigos creíbles
Testigos confiables
Testigos probados

También conocemos de la credibilidad histórica de los escritores del Nuevo Testamento. Lucas es autor de dos libros: el Evangelio que lleva su nombre y el Libro de los Hechos de los Apóstoles (solo Hechos de aquí en adelante). Lucas era médico y demostró ser, en opinión de los expertos, uno de los mejores historiadores de la antigüedad. Él no fue uno de los doce apóstoles de Jesús, pero su estrecha relación con el apóstol Pablo (importante líder de la iglesia en su primera época) le permitió visitar Palestina y tener contacto con información de primera mano. Su uso exacto, histórica y técnicamente, de términos náuticos y políticos ayuda a corroborar sus descripciones como acertadas.

Ubicación histórica

“Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; a su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet.” (Lucas 1:5)

“Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria.” (Lucas 2:1-2)

Como colofón, aunque breve, también tenemos los hallazgos arqueológicos que han corroborado mucha de la información disponible en los libros del Nuevo Testamento.

La mención de Juan de Información topográfica, confirmada por los arqueólogos.
El pozo de Jacob en Sicar (Juan 4:5)
El estanque de Betesda (con cinco pórticos) cerca de la puerta de las ovejas (Juan 5 :2)
El estanque de Siloé (Juan 9 :7)
El pórtico de Salomón (Juan 10 :23)

Lucas el historiador: Títulos de funcionarios
Lisanio tetrarca de Abilene
Gayo, procónsul de Acaya
Erasto, el tesorero
“Principal”, en Malta

Lucas el historiador – Hace referencia sin error de:
Términos náuticos
32 países
54 ciudades
9 islas

Fuentes extrabíblicas (seculares). Existen abundantes referencias a la persona de Jesús en fuentes históricas no cristianas, entre ellas: (Johnson, Luke Timothy, The Real Jesus )

Cornelio Tácito, 55-120 d. C. (historiador romano)
Gayo Suetonio (secretario del emperador Adriano entre los años 117 y 138 a. C.)
Flavio Josefo (37-97 d. C.; historiador judío)
Plinio el Joven (autor romano)
Trajano (emperador; citado en la obra de Plinio el joven)
Adriano (emperador romano entre 117 y 138 d. C.; en documentación citada por Eusebio)
Talmud (obra judía, escrita antes del 135 d. C.)
Luciano (sátiro griego del siglo II)

Podemos ver la relevancia de estos datos en nuestro estudio, en las conclusiones del doctor Craig Blomberg, erudito del Nuevo Testamento cuando establece que una vez un historiador ha probado que [el documento] es fiable en lo que se puede verificar y una vez que a los errores o contradicciones aparentes se les dan soluciones plausibles, lo más apropiado es conceder al escritor el beneficio de la duda en áreas en las cuales la verificación no es posible.

Fiabilidad literaria

Con frecuencia, se acusa a los Evangelios de ser falsificaciones y tergiversaciones de la verdad. Ya que los escritores son “juez y parte” en sus narraciones, se podría esperar que torcieran la narración para ajustarla a sus ideas preconcebidas. Algunos críticos añaden a esto que el número de aparentes contradicciones en las narraciones de los Evangelios, apunta a que lo que narran no es “historia”. No es difícil contestar estas acusaciones.

Los Evangelios como género. El estilo literario al que corresponden los Evangelios tiene elementos en común con las biografías antiguas. Desde una perspectiva moderna puede parecernos un trabajo de inferior calidad, pero no así en su contexto. El propósito de estas narraciones biográficas era revelar el carácter del sujeto, no dar una narración cronológica exacta de acuerdo con nuestros criterios modernos. Esto podría explicar, por ejemplo, la desproporcionada cantidad de espacio dedicada por los evangelistas a la última semana en la vida de Jesús, lo que nos ayuda a entender no solo la importancia del evento en sí mismo, sino también la coherencia en el carácter mostrado por Jesús bajo la intensa presión de sus últimos días, aspecto muy valorado en los escritos de carácter biográfico de la época.

Corrupción en la traducción oral. Ya mencionamos cómo la distancia entre los hechos históricos y el registro escrito de ellos pudieran afectar su exactitud histórica. Algunos piensan que los Evangelios se escribieron en el siglo II (más de 100 años después de la muerte de Jesús) por iglesias que, para resolver problemas internos, ponían en labios de Jesús cosas que Él no había dicho. Pero estas son solo suposiciones y teorías insostenibles.

La importancia de la memorización y de la tradición oral en la Palestina del primer siglo, es un hecho muy conocido. La capacidad para memorizar y recitar grandes porciones ayudaba en la preservación correcta de sus tradiciones. También debemos recordar que en aquellos tiempos existía la práctica ocasional, por parte de los discípulos de los rabinos, de escribir notas para preservar sus enseñanzas. Es muy probable que algunos de los discípulos de Jesús hicieran lo mismo. A esto debemos añadir el hecho de que la mayoría de las enseñanzas de Jesús fueran en forma poética y fácil de memorizar. Por último, la influencia directa, si no la autoría, de los apóstoles (testigos oculares de los hechos) serviría para asegurar la transmisión exacta de la tradición relacionada a Jesús.

¿Historia inventada?

¿Pueden los Evangelios haber sido producto de la imaginación? Si lo fueron, tendríamos que concluir que constituyen un pobre intento de producir un documento creíble. La narración de los Evangelios no parece haber sido otra cosa sino el registro de hechos reales. Está llena de detalles que nadie en su sano juicio hubiera ideado (y registrado), por las complicaciones que podían generar en el origen del movimiento cristiano.

Tomemos como ejemplo el nacimiento virginal. La forma en que la profecía del Antiguo Testamento había sido interpretada por los estudiosos judíos no incluía la concepción virginal (los versos de Isaías a este respecto se interpretan de otra manera por los eruditos judíos). En los Evangelios se puede percibir algo de los problemas causados por la afirmación de Jesús haber nacido de una virgen cuando se le llama a Jesús “hijo de María”, en lugar de “hijo de José”, quizás con la intención de sugerir que Jesús era un bastardo.

Otro hecho que no hubiera inventado un escritor con ánimo de convencer es el episodio cuando Jesús se somete al bautismo por Juan el Bautista, porque crea más problemas de los que podía solucionar. ¿Por qué bautizarse? ¿Acaso tenía pecados Jesús por los que arrepentirse? ¿No debe el mayor bautizar al menor?

Lo mismo sucede con otros detalles interesantes, como el de que Jesús no sabía el tiempo de su segunda venida, el momento en que Jesús maldice una higuera o aquel en el que su familia creía que estaba loco. Todas estas (y muchas más que podrían mencionarse) son circunstancias embarazosas que, de ser una invención, el escritor seguramente las hubiera excluido de formar parte de los Evangelios.

Aún hay más. ¿Y qué del hecho de que Jesús incluyó mujeres entre los discípulos en una época en que la mujer no era bien considerada? ¿Y la calidad de los discípulos de Jesús? Unos querían pedir que fuego del cielo destruyera una ciudad, otros luchaban por el protagonismo en el reino venidero y otros fueron reprendidos con dureza por el Señor cuando les impedían a los niños acercarse. ¿Y qué de Pedro? Momentos después de su inspirada identificación de Jesús como el Mesías, este último tuvo que reprenderlo diciéndole: “Apártate de mí, Satanás…”. Es este mismo Pedro el que negó tres veces a Jesús y, como los otros apóstoles, se acobardó, dejando solo a su amigo y Maestro la noche de su arresto. Si estos serían los líderes de la Iglesia, ¿por qué presentarlos de esta manera? No tiene sentido, a menos que los hechos narrados en los Evangelios fueran ciertos.

Algo similar pasa con la narración de la resurrección de Jesús. ¿Por qué no se describe el dramático evento? ¿Por qué presentar a mujeres como las primeras testigos del Cristo resucitado? ¿Por qué no creyeron los apóstoles al principio? ¿Por qué presentar unas narraciones que aparentan tener contradicciones?

Y en lo que respecta a la iglesia, si es cierto que los Evangelios son una invención de esta para zanjar dificultades en su seno, ¿por qué no poner en labios de Jesús unas palabras que resolvieran el difícil asunto de la circuncisión en los creyentes no judíos? ¿O una clara y directa enseñanza sobre el divorcio o el papel de la mujer en el ministerio cristiano?
O los Evangelios son una invención de baja calidad o, con sus paradojas, una cándida narración de hechos reales.

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