Breves respuestas… #8

El prisionero estaba frente a él, indefenso. No parecía ser una persona que representara peligro alguno para el Imperio. El gobernador ya había escuchado las acusaciones, pero estas no lo convencían de la culpabilidad del acusado: le parecían más artilugios políticos que asuntos de sustancia. Sin embargo, sus responsabilidades lo obligaban a intervenir. Fue entonces cuando Pilato dirigió al pueblo una de las preguntas más importantes que pueda hacerse: “¿Qué haré de Jesús llamado el Cristo?”.

¿Sabías tú que debes hacerte la misma pregunta?

Hoy continuamos con la serie BRGP, sobre la Defensa de la fe cristiana.

Estos son los temas cubiertos hasta ahora:
I. Introducción: sobre los “testigos de Dios”
II. Sobre la definición y necesidad de la Apologética
III. Sobre cómo llegamos aquí: Los “ismos” que conducen al abismo
IV. Sobre la duda
V. Sobre la existencia de Dios
VI. Ciencia y fe
A. Aspectos introductorios generales
B. Ciencia y fe cristiana: MITOS
Mito #1 La ciencia ha hecho a Dios innecesario.
Mito #2 La fe cristiana se opone al desarrollo científico.

  1. La fe cristiana favoreció el desarrollo científico
  2. Científicos famosos
  3. Científicos famosos hoy
    Mito #3 No hay nada en la ciencia que apoye la creencia en Dios.
    Principio Antrópico:
    Diseño Inteligente
    “Complejidad irreductible”

VII. El Nuevo Testamento
Una religión anclada en la historia.
Los Evangelios como documentos históricos.
Los Evangelios como documentos históricos confiables.

  • documentalmente: muchos y antiguos
  • históricamente:comprobación histórica y arqueológica
  • literariamente: testigos oculares y confiables
  • literariamente: no es una historia inventada

VIII. Jesús
El prisionero estaba frente a él, indefenso. No parecía ser una persona que representara peligro alguno para el Imperio. El gobernador ya había escuchado las acusaciones, pero estas no lo convencían de la culpabilidad del acusado: le parecían más artilugios políticos que asuntos de sustancia. Sin embargo, sus responsabilidades lo obligaban a intervenir. Fue entonces cuando Pilato dirigió al pueblo una de las preguntas más importantes que pueda hacerse: “¿Qué haré de Jesús llamado el Cristo?”.

Otros han hecho preguntas semejantes. Los líderes religiosos al ver a Jesús perdonar pecados, dijeron: “¿Quién es este que habla blasfemias?”. Cuando presenciaron cómo los elementos de la naturaleza obedecían las órdenes del Maestro, los discípulos preguntaron asustados: “¿Quién es este que aun el viento y la mar le obedecen?”. Una muchedumbre en Jerusalén, a la entrada de Jesús montado en un asno, se cuestionó: “¿Quién es este?”.

La pregunta es importante. El cristianismo enseña que ese Dios que existe, que ha creado todo y que se ha revelado a través de la Biblia, se manifestó en la historia en la persona de Jesús, un carpintero galileo. Pero Jesús es mucho más que un carpintero, y no es suficiente tener una buena opinión de él… Como dijo sobre esto el escritor C. S. Lewis: “Él no nos ha dejado esa alternativa”.

De forma atrevida, muchos hoy osan igualar la persona de Jesús a la de Mahoma, Confucio o Buda. Ver a Jesús como otro fundador de una importante religión, como un religioso o moralista o, peor aún, como un simple maestro espiritual, es ignorar el registro histórico y pasar por alto lo que Jesús dijo de sí mismo.

Lo que Jesús dijo de sí
Contrario a los fundadores de las grandes religiones del mundo, Jesús afirmó repetidas veces ser más que un ser humano. Al utilizar el “yo soy,” frase que en las Escrituras hebreas (Antiguo Testamento) evocaba la mismísima persona de Yahvé, el Dios de Israel, Jesús se describió a sí mismo como divino (por ejemplo, “antes que Abraham fuese, yo soy”). También dijo: yo soy “el pan de vida”, “la luz del mundo”, “el buen pastor”, “la puerta”, “la resurrección y la vida”, y “el camino, la verdad y la vida”.

También afirmó ser el cumplimiento de las profecías bíblicas de las Escrituras hebreas; dijo ser mayor que Abraham, que Salomón y que el Templo. Dijo ser el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre; un ser divino capaz de dar vida, de perdonar pecados y quien juzgaría al mundo.

Como si esto fuera poco, Jesús también dijo ser la persona en quien hay que creer para tener salvación y, colmo de todos los colmos, afirmó ser Dios: “Si a mí me conocieseis también a mi Padre conoceríais”; “yo y el Padre uno somos”; “el que me ve, ve al que me envió”. Finalmente, aceptó la adoración de sus discípulos como solo le corresponde a la deidad.

¿Qué clase de persona se comportaría de esta manera?

Lo que otros dijeron de Jesús
Aquellos que le conocieron en persona, confirmaron la coherencia de la vida privada de Jesús con sus palabras. Sus seguidores, aquellos que compartieron con él íntimamente por espacio de tres años, concluyeron que su naturaleza sobrenatural estaba fuera de duda.

(Antes de restar objetividad a los comentarios de los discípulos de Jesús y afirmar que, sea por la relación de amor o por sus intereses personales, no son confiables, debemos recordar que las palabras de estos hombres fueron selladas con una vida de compromiso y fidelidad. Dejaron todo para seguir a Jesús y pagaron con sus propias vidas su devoción a Él. De los once que quedaron tras el suicidio de Judas, diez murieron como mártires y el otro como exiliado por la causa de Jesús).

Por otro lado, es importante considerar que el fundamento religioso de los apóstoles debió haber sido un gran obstáculo para creer en Jesús como Mesías. La vida y enseñanza de Jesús no correspondía con el perfil del Mesías esperado, de acuerdo con la interpretación que los eruditos y maestros judíos habían hecho de las profecías bíblicas.

Añadamos a todo esto el hecho de que el trasfondo monoteísta estricto de estos hombres, nos obliga a pensar que fueron testigos de algo tan sorprendente y radical como para que fuesen capaces de referirse a Jesús como el Hijo de Dios, designación con obvios tintes de divinidad.

Las alternativas
C. S. Lewis fue un destacado erudito y profesor irlandés del siglo XX. Era un ateo confeso, pero en su vida adulta se convirtió a la fe cristiana. Una pieza clave en esta decisión trascendental fue su evaluación de la persona histórica de Jesús. Al considerar los datos mencionados en los párrafos anteriores, Lewis decía que solo quedaban tres alternativas en cuanto al dictamen sobre la persona de Jesús; un “trilema”, como le llamó: “O Jesús es un demente o es un mentiroso o es quien dijo ser, el Hijo de Dios”.

Que el comportamiento de Jesucristo no era el de un demente lo demuestra su carácter equilibrado y consecuente, la profundidad de su enseñanza, su calma ante la adversidad, su espíritu altruista y, finalmente, su increíble tranquilidad ante su ejecución. Que Jesús no fue un mentiroso lo observamos —de nuevo— en su carácter y en el de sus enseñanzas, en lo consecuente de su vida ante el constante escrutinio de discípulos y enemigos, y en su ecuanimidad ante la adversidad y ante la muerte. Si “demente” y “mentiroso” no hacen justicia a lo que conocemos del Jesús de la historia, quizás la mejor explicación de esta singular persona es que era quien dijo ser: el Hijo de Dios.

Por último, como testigo poderoso de la identidad divina de Jesús, una tumba vacía en las afueras de Jerusalén grita con su silencio que Jesús fue algo más que un ser humano común y corriente. De esto hablaremos más adelante en nuestro estudio.

Jesús y la historia
 ¿Fue Jesús como lo presentan los Evangelios y la religión cristiana? ¿Qué dice la historia sobre Jesús? ¿Podemos recuperar la verdadera figura de Jesús de entre los polvorientos anales de la historia de los Evangelios? Aún más básico, ¿estamos seguros de que Jesús existió?

Como dijimos en un programa anterior, los cristianos creemos que Dios intervino en la historia de la humanidad, encarnándose en la persona de Jesús. Creemos que este es un dato verificable. Creemos que Jesús de Nazaret vivió, enseñó, actuó y murió tal y como lo dicen los Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan).

Pero algunos describen el Jesús de los Evangelios de una manera diferente. Tal y como explica el doctor C. S. Evans en su libro The Historical Christ (El Cristo histórico), estos catalogan el contenido histórico y textual del Evangelio como mito religioso. Lo que se escribió, dicen ellos, es correcto, pero no como verdad (realidad) histórica, sino como una narración realizada con la intención de presentar más un mito (en el sentido antropológico) que factibilidad histórica. Dicho de otra forma: según ellos la historia registrada en el Nuevo Testamento no concuerda con la del verdadero personaje Jesús de Nazaret. Jesús existió, pero no fue Mesías, ni Hijo de Dios, ni Dios. Incluso peor, todavía hay quien, con sus ojos cerrados ante la abrumadora evidencia, sostiene que Jesús no existió en realidad.

¿Existió Jesús solo en la fértil imaginación de los escritores bíblicos? ¿Hay alguna posibilidad de obtener algún grado de certeza en las creencias de un Jesús (al estilo de los Evangelios) que de verdad existiera? ¿Es posible aseverar con integridad intelectual que Jesús no existió? ¿Hay evidencia (fuera de los Evangelios) de la existencia de Jesús?

De manera resumida, quiero presentar parte de la evidencia que demuestra que decir que Jesús no existió o que es un invento de la imaginación cristiana es insostenible hoy en día. (Sigo aquí de forma general el argumento de Gary R. Habermas en su libro The Historical Jesus —El Jesús histórico—).

Los Evangelios son documentos tempranos. Con la desaparición paulatina de los apóstoles, se hizo necesario el registro escrito de las enseñanzas de Jesús para la Iglesia. Los Evangelios llenaron esa necesidad. Contrario a lo que se decía al final del siglo XIX, los cuatro Evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) ya estaban escritos antes del final del siglo I. Más aún, tanto Marcos como Mateo y Lucas son aceptados como escritos a más tardar durante la década de los años 60, muy cerca del tiempo de los relatos que narran.

El Jesús de las cartas apostólicas. Los escritos de Pablo, los documentos más antiguos del Nuevo Testamento, contienen confesiones de fe aún más tempranas que los mismos documentos que las recogen, en los que se afirma la creencia en la existencia de un Jesús real en la historia (pueden verse, por ejemplo, 1 Corintios 15:3 y Filipenses 2:5-8). En estos mismos documentos se presenta a Jesús como contemporáneo del escritor y de otras personas citadas por él, como Pedro, Santiago (el hermano de Jesús) y una multitud (500 personas) de testigos oculares de su resurrección (1 Corintios 15). Los documentos aquí mencionados corresponden a los años 50 del primer siglo.

La Iglesia cristiana y su enseñanza. La existencia de la Iglesia cristiana muy poco tiempo después de la muerte de Jesús, es fácil de demostrar a la luz de la historia. Las creencias de esa primera iglesia están claramente presentes en las cartas de Pablo y es fácil trazar su origen al mismo Jesús de los Evangelios. Por ejemplo: la “redefinición” de Dios como personal y familiar; Jesús como el Hijo de Dios que reúne en sí mismo al “hijo de David” (de la profecía mesiánica), al “hijo del hombre” (de los escritos de Daniel) y al “siervo sufriente” (del profeta Isaías).

Jesús cambió el significado del Reino de Dios, al que presentó como una realidad, tanto inmediata en su misma persona como futura, “al final de los tiempos”. Como si esto fuera poco, algunos de los escritores del Nuevo Testamento (judíos muy celosos de su creencia monoteísta) nos sorprenden al mostrarnos a la iglesia orando a Jesús (como Dios).

Multitud de documentos. La literatura de la iglesia de los primeros siglos es abundante. Como era natural esperar, estos mencionan datos relacionados con la vida de Jesús. Consisten en los escritos de los llamados “Padres apostólicos” (aquellos que tuvieron contacto con los apóstoles de Jesús, escritos entre los años 90 y 125 d. C.) y los “Padres de la Iglesia”, pastores y maestros líderes de la iglesia de los primeros siglos. Por ejemplo:

Clemente de Roma
Ignacio
Cuadrato
Eusebio
Bernabé
Justiniano Mártir

Fuentes extrabíblicas (seculares). Existen abundantes referencias a la persona de Jesús en fuentes históricas no cristianas, entre ellas:
• Cornelio Tácito, 55-120 d. C. (historiador romano)
• Gayo Suetonio (secretario del emperador Adriano entre los años 117 y 138 a. C.)
• Flavio Josefo (37-97 d. C.; historiador judío)
• Plinio el Joven (autor romano)
• Trajano (emperador; citado en la obra de Plinio el joven)
• Adriano (emperador romano entre 117 y 138 d. C.; documentación citada por Eusebio)
• Talmud (obra judía, escrita antes del 135 d. C.)
• Luciano (sátiro griego del siglo II)

Fuentes extrabíblicas (gnósticas). Por último, y no menos importante, están los documentos escritos por aquellos que abrazaron doctrinas seudocristianas, en especial las de fundamento gnóstico. Entre estas obras encontramos, por ejemplo: Evangelio de la Verdad (136-160 d. C.), El Apócrifo de Juan (120-130 d. C.), El Evangelio de Tomás (140-200 d. C.) y muchos otros. Estos documentos fueron escritos a partir del siglo II y, aunque no son considerados literatura inspirada de acuerdo con la doctrina cristiana, aporta a la confirmación histórica que nos ocupa en este capítulo.

Conclusión
En la conclusión de este tema, veamos algunas citas de eruditos, cristianos y no cristianos, sobre la persona de Jesús desde un punto de vista histórico.

Comencemos por Michael Grant, a quien ya citamos anteriormente (Jesus An Historian’s View of the Gospels).
“Pero, sobre todo, si aplicamos al Nuevo Testamento, como debemos, la misma clase de criterios que aplicaríamos a otros escritos antiguos que contienen material histórico, no podemos rechazar la existencia de Jesús como tampoco lo hacemos con la multitud de personajes paganos cuya realidad como figuras históricas nunca ha sido cuestionada… Para resumir, los métodos críticos modernos fallan en apoyar la historia del “mito de Cristo”. (182)

‘Vez tras vez éste han sido contestado y aniquilado por eruditos de renombre’. En años recientes ‘ningún erudito se ha aventurado a postular la no-historicidad de Jesús’ o quizás tan sólo unos pocos, y no han tenido éxito en contrarrestar la mucho más firme evidencia, y de hecho muy abundante, de lo contrario.” (199-200)

En su libro The Historical Jesus, el doctor Gary R. Habermas demuestra que muchos de los asuntos principales respecto a la vida, ministerio, muerte y resurrección de Jesús podrían reconstruirse a partir de estas fuentes no bíblicas:

Hemos examinado un total de 45 fuentes antiguas para la vida de Jesús, que incluyen 19 de credos tempranos, cuatro arqueológicas, 17 no cristianas y 5 fuentes cristianas fuera del Nuevo Testamento. A partir de estos datos hemos enumerado 129 hechos reportados relacionados con la vida, persona, enseñanzas, muerte y resurrección de Jesús y el mensaje temprano de sus discípulos. Con esto no estamos diciendo que todas estas fuentes son de la misma calidad (por variedad de razones). Pero estos hechos […] están dispersos a lo largo de todas las categorías y tipos de escritores de manera más o menos equilibrada.

En su libro The Real Jesus (El verdadero Jesús), el erudito bíblico doctor Luke Timothy Johnson concluye brillantemente lo siguiente que citamos en su totalidad:
A través de mirar la “historia de Jesús”, no en términos de una colección de hechos o en términos de una pila de piezas discretas, sino en términos de patrón y significado, hemos hallado una profunda consistencia en la literatura cristiana temprana en lo que concierne al carácter de Jesús. […]

Cuando el testimonio del Nuevo Testamento se toma como un todo, una consistencia profunda puede apreciarse bajo su diversidad en la superficie. El “Jesús real” es, en primer lugar, el poderoso Señor resucitado cuyo espíritu transformador está activo en la comunidad. […]

A la luz de estas sencillas observaciones, la pregunta debe formularse: ¿no será acaso que lo que pretende ser una búsqueda del Jesús histórico sea en realidad un escape de la imagen de Jesús y del discipulado que está inexorablemente arraigado en estos textos? Para nuestra era presente, en que la “sabiduría del mundo” está expresada en individualismo, narcisismo, preocupación por los propios derechos y competencia, la “sabiduría de la cruz” es el mensaje más profundamente contra-cultural de todos. En lugar de esforzarnos por rectificar el efecto distorsionador de la narración de los Evangelios, el esfuerzo de reconstruir a Jesús de acuerdo a algún otro patrón, parece ser cada vez más un intento de escapar del escándalo del Evangelio. (Traducción del autor).

Conclusión – Aplicación
La importancia de nuestro veredicto sobre la persona de Jesús de Nazaret trasciende la curiosidad intelectual. La decisión que tomemos sobre su persona tiene repercusiones directas en nuestra existencia.

Si Jesús es quien dijo ser, nuestra relación con Dios depende de nuestra fe en el Hijo de Dios. Si su mensaje es verdadero, la vida eterna solo se halla en Él. Si su muerte en la cruz cumplió una función redentora, como dijo, nuestro destino eterno depende de que creamos en Él.

No es posible asumir una postura indiferente, intermedia o neutral sobre la persona de Jesucristo. Eso equivale a negarlo. Una actitud nominal o pasiva puede adormecer nuestra conciencia, pero no satisface el corazón ni hace justicia a la razón. Un asentimiento intelectual a su enseñanza puede hacernos religiosos, pero no cambiará un ápice nuestra vida.

Lo radical de la vida y las enseñanzas de Jesús exige una respuesta radical: creer en Él como Salvador… Servirle como Señor.

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