Breves respuestas… #9

A veces, en conversaciones sobre Jesús y la cristiana, alguien riposta: ¡demuéstramelo! Pues bien, para esos estamos dejando para su análisis dos hechos irrefutables e históricamente demostrables:

  1. La persona única de Jesús
  2. La resurrección de Jesús.

Y es que, dos días después de la muerte de Jesús, varias personas se toparon con el milagro más grande de la historia: la tumba de Jesús estaba vacía.

La tumba vacía de Jesús es quizás el mayor obstáculo para el que no quiere creer. La tumba vacía es un hecho incontrovertible de la Historia.

Al que sinceramente busca le corresponde intentar explicar por qué.

Estos son los temas cubiertos hasta ahora:
I. Introducción: sobre los “testigos de Dios”
II. Sobre la definición y necesidad de la Apologética
III. Sobre cómo llegamos aquí: Los “ismos” que conducen al abismo
IV. Sobre la duda
V. Sobre la existencia de Dios
VI. Ciencia y fe
A. Aspectos introductorios generales
B. Ciencia y fe cristiana: MITOS
VII. El Nuevo Testamento

VIII. Jesús
A. “¿Qué haré de Jesús llamado el Cristo?”.
B. Lo que Jesús dijo de sí
C. Lo que otros dijeron de Jesús
D. Las alternativas
E. Jesús y la historia
Los Evangelios son documentos tempranos.
El Jesús de las cartas apostólicas.
La Iglesia cristiana y su enseñanza.
La literatura de la iglesia de los primeros siglos.
Fuentes extrabíblicas (seculares).
Fuentes extrabíblicas (gnósticas).

Conclusión
En la conclusión de este tema, veamos algunas citas de eruditos, cristianos y no cristianos, sobre la persona de Jesús desde un punto de vista histórico.

Conclusión – Aplicación

  1. La importancia de nuestro veredicto sobre la persona de Jesús de Nazaret trasciende la curiosidad intelectual.
  2. Si Jesús es quien dijo ser…
  3. No es posible asumir una postura indiferente, intermedia o neutral sobre la persona de Jesucristo.
  4. Lo radical de la vida y las enseñanzas de Jesús exige una respuesta radical: creer en Él como Salvador… Servirle como Señor.

IX. La resurrección de Jesús

La resurrección de Jesús de Nazaret es fundamental para la fe cristiana. Los cristianos creemos que Jesucristo se levantó de entre los muertos. Lo creemos por la fe y lo confirmamos por la historia.

Por supuesto, con esto no queremos decir que la resurrección de Jesucristo pueda demostrarse fuera de toda duda. Como con cualquier otro hecho histórico, la resurrección de Cristo no se puede demostrar “científicamente”, ya que los hechos acontecidos no se pueden reproducir. Sin embargo, las evidencias históricas favorecen de manera contundente la historicidad de este evento sobrenatural: en la mañana del tercer día posterior a la muerte de Jesús, la cueva que le sirvió de tumba estaba vacía.

Las teorías alternativas para explicar la resurrección de una manera naturalista son menos creíbles que el milagro mismo. Así lo han entendido personas que han intentado desmentir la resurrección desde un punto de vista histórico, y que al estudiar el tema con profundidad, depositaron su fe en Jesús.

La importancia de la resurrección de Cristo para la fe cristiana es evidente. El apóstol Pablo escribió que “si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”.
13  Si los muertos no han de resucitar, es que tampoco Cristo ha resucitado. 14 Y si Cristo no ha resucitado, tanto nuestro anuncio como la fe que ustedes tienen carecen de sentido. 15 Es más, resulta que somos testigos falsos de Dios, por cuanto hemos dado testimonio contra él al afirmar que ha resucitado a Cristo, cosa que no es verdad si se da por supuesto que los muertos no resucitan. 16  Porque si los muertos no resucitan, es que no ha resucitado Cristo. 17 Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes carece de valor y aún siguen ustedes hundidos en el pecado. 18 En consecuencia también habremos de dar por perdidos a los cristianos que han fallecido. 19 Si todo cuanto esperamos de Cristo se limita a esta vida, somos las personas más dignas de lástima. 1 Co 15.13–19

La importancia de este evento para la fe cristiana estriba en lo siguiente. Si, en cumplimiento de sus propias palabras, Jesús de Nazaret se levantó de entre los muertos, su resurrección es el sello divino a su identidad: Hijo de Dios y Salvador del mundo.

“Pero si nosotros aplicamos la misma clase de criterios que aplicaríamos a cualquier otra fuente literaria antigua, entonces la evidencia es suficientemente firme y factible para necesitar la conclusión que la tumba fue de hecho hallada vacía.” Grant, Michael, Jesus: An Historian Review of the Gospels. p. 176

Son varios los hechos históricos cuya mejor explicación es la resurrección.

Veamos algunos de los hechos ocurridos en tan importante acontecimiento.

La existencia de la Iglesia cristiana
No olvidemos que el mensaje cristiano comenzó a predicarse el Día de Pentecostés, apenas 50 días después de la muerte de Jesús y en la misma ciudad donde murió. Dicho mensaje incluyó estas palabras dirigidas de manera especial a los responsables de su muerte:
…ustedes lo mataron, clavándolo en la cruz. Sin embargo, Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, […] Por tanto, sépalo bien todo Israel que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías. (Hechos 2:23-24, 36).

Algunos de los presentes en el discurso de Pedro ese día, habían presenciado la muerte de Jesús. Los líderes religiosos judíos conocían dónde habían dejado su cuerpo. Comprobar la falsedad de la resurrección que Pedro proclamaba era fácil. ¿Por qué no la refutaron entonces? El cristianismo hubiera muerto allí mismo, en su cuna.

Desde ese momento en adelante, la enseñanza de la resurrección de Cristo ha sido doctrina fundamental en el mensaje cristiano. Si la Iglesia existe es porque sus primeros opositores no pudieron contrarrestar de manera contundente la verdad de la resurrección, justo en el momento en que comenzaba la fe cristiana.

Los apóstoles
Los documentos antiguos hablan de 12 íntimos seguidores de Jesús. Se les conoce como discípulos o apóstoles. Uno de ellos (Judas) lo vendió y luego se suicidó. Otro (Pedro) lo negó. Y los restantes diez huyeron cuando arrestaron a Jesús. Todos, aterrorizados temiendo lo peor, se encerraron después de la muerte de su maestro. Ninguno de ellos esperaba que Jesús resucitara. De hecho, uno de este selecto grupo (Tomás) rehusó creer a sus compañeros, aun después de que estos decían haberlo visto.

Ahora bien, ¿cómo es posible que tan solo unas semanas después este grupo de hombres cobardes desafiara a la multitud responsable de la muerte de Jesús con el mensaje de la resurrección del Maestro? ¿Qué transformó a estos cobardes en valientes? ¿Qué los sostuvo ante la persecución que siguió? ¿Qué los llevó a sufrir el martirio? Ellos estaban seguros que Jesús se había levantado de los muertos.

Pablo
Un caso extremadamente peculiar e importante es el de Saulo de Tarso, mejor conocido como el apóstol Pablo.

Lo que hace a este caso tan especial, es el hecho de que existe evidencia histórica de que su extrema aversión contra la naciente iglesia cristiana cambió de manera súbita. Él se convirtió en el mayor exponente del Evangelio y en el autor de una tercera parte del Nuevo Testamento. ¿Cómo explicarlo?

La trayectoria religiosa de este hombre había sido impresionante. De familia judía, nació en Tarso. Cuando era muy joven pasó a Jerusalén, donde prosiguió sus estudios bajo la tutela del más importante rabino de su época, Gamaliel. Su meteórica carrera ascendente en el mundo religioso de Jerusalén queda confirmada por el hecho de que, siendo aún un hombre relativamente joven (unos 35 años), fue el líder responsable de la muerte del primer mártir cristiano (Esteban). Además, se le autorizó con permisos especiales a perseguir a los “del camino” (todavía no se les llamaba cristianos a los seguidores de Jesús), tanto en Jerusalén como en la vecina Damasco. De hecho, Saulo llegó a conseguir que algunos creyentes en Cristo renegaran de su fe.

Camino a Damasco le sucedió algo sobrenatural. Su descripción de lo ocurrido es impactante. Jesús resucitado se le presentó de forma visible. El encuentro lo dejó ciego y confuso por tres días hasta que, luego de creer en Cristo, fue bautizado por un líder judío de la comunidad cristiana a la que había venido a perseguir. Esta experiencia significó un cambio radical en la vida de este erudito judío. De perseguidor, se convierte en perseguido. De miembro de la élite religiosa de Jerusalén, en apóstol cristiano.

A esta singular experiencia le siguieron unos 30 años de servicio a Jesucristo, durante los cuales estableció el cristianismo en Europa y Asia Menor. Murió decapitado por su fe en Roma, cerca del año 65 d. C.

Santiago
Otro caso de especial significación es el de Santiago. Hace especial este caso el que Santiago era un hermano de Jesús, quien al principio rechazó las inclinaciones mesiánicas de su hermano mayor, creyéndolo loco. Sin embargo, años más tarde vemos a Santiago (Jacobo) presidir el primer concilio de la iglesia cristiana en Jerusalén, escribir uno de los documentos del Nuevo Testamento y, aun más tarde morir como mártir. ¿Qué ocurrió? Los documentos mencionan un encuentro del Cristo resucitado con su hermano Santiago.

El gran monumento
Aunque los turistas la visitan con frecuencia, el lugar identificado como la tumba de Jesús no contiene sus restos. Contrario a todas las tumbas de importantes personajes de la historia, la tumba de Jesús está vacía.

La tumba de Jesús quedó vacía días después de su muerte, y ha permanecido vacía desde entonces. En el siglo I de la era cristiana nunca se refutó la ausencia del cuerpo de Jesús en la tumba. Cuando el apóstol Pedro hizo la primera proclamación cristiana 50 días después de la muerte de Jesús, a poca distancia del lugar donde este fue sepultado, cualquiera de los que lo escuchó y que hubiera dudado de la veracidad del relato de la resurrección, tuvo la oportunidad de verificarlo por sí mismo.

Todavía más dramático fue el hallazgo de los testigos oculares en la tumba. Algunos de sus discípulos encontraron vacías e intactas las ropas con las que estuvo envuelto el cuerpo de Jesús, como si este se hubiera esfumado. Esta mortaja consistía de unas bandas de tela de 30 centímetros (12 pulgadas) de ancho, enrolladas alrededor del cuerpo con una especie de pegamento aromático entre cada capa. El cuerpo de Jesús salió de entre ellas de manera inexplicable, dejando vacíos los lienzos a modo de crisálida y, aparte, la sección que antes cubría su cabeza. Este detalle movió al apóstol Juan a creer en ese mismo instante.

Quienes dudan de esta descripción milagrosa de los eventos relacionados a la resurrección de Jesús, ofrecen explicaciones naturales que los justifican. Las examinaremos próxima-mente, pero primero es necesario aclarar algunos detalles importantes.

Antecedentes de la resurrección
Examinar a la luz de la historia los eventos relacionados a la resurrección de Cristo, incluye el análisis de las circunstancias que rodearon su muerte y su sepultura.

El proceso de la crucifixión. El tormento de la cruz comenzaba antes de la propia crucifixión. A esta le precedía la tortura. El instrumento de rutina era un látigo (flagrum) que consistía de hebras de piel, en cuyo extremo se ataban trozos de metal o de hueso. El soldado romano se colocaba detrás del reo, quien estaba atado a un poste. Con repetidos golpes, la espalda del preso se desgarraba hasta el extremo de que, según lo atestiguan fuentes antiguas, la piel se rompía y dejaba expuestos los músculos y las vísceras. La pérdida de sangre era significativa. Quizás por cosas como estas es que el conocido Marco Tulio Cicerón abogó por la desaparición de la crucifixión en el Imperio romano.

Al látigo le seguía la procesión hasta el lugar de ejecución, una colina destinada para estos fines en las afueras de Jerusalén: el monte de la Calavera o Calvario. Durante este trayecto el prisionero tenía que cargar el palo transversal de la cruz, de unos 50 kilos de peso (unas 110 libras). Jesús, debilitado, tuvo que recibir ayuda para esto último.

Finalmente, se utilizaban clavos para traspasar las muñecas y unir con un solo clavo los dos talones al madero. Pero ahí no acababa todo. En condiciones normales, los crucificados quedaban desnudos y morían en una lenta agonía que podía durar varios días. Para acelerar el desenlace, en algunos casos se quebraban las piernas del preso, de manera que este quedara sin punto de apoyo para poder respirar y, de ese modo, muriera de asfixia. El caso de Jesús no terminó así pues Él murió antes de que fuera necesario tomar esta medida, contrario a los dos convictos que fueron ejecutados a su lado el mismo día.

Tumba, roca y guardia. Los líderes judíos sabían que Jesús había hablado de su resurrección. Por esa razón consiguieron que Pilato, el gobernante romano, ordenara el emplazamiento de una guardia romana que custodiara su tumba. Un seguidor rico llamado José de Arimatea donó esta tumba, que estaba cerrada con una gran roca de unas dos toneladas de peso. El sello romano se puso sobre ella. De esa forma se le daba la protección oficial del Imperio a la tumba. Quien la profanara rompiendo el sello romano, lo pagaría con su vida.

La guardia romana que custodiaba la tumba constaba de grupos de cuatro soldados que alternaban su turno de vigilancia cada cuatro horas. Los soldados romanos hicieron famosa a Roma por su combatividad, eficacia, profesionalidad y crueldad. Estaban preparados para defender la tumba con sus armas y con sus vidas. Si el orgullo patrio o profesional no era suficiente motivación, una de las leyes que regulaba la práctica militar, seguro que lo lograría. Las leyes romanas establecían la pena de muerte para el soldado que se durmiera en su puesto de vigilancia, así como para sus compañeros.

Aclarados estos antecedentes importantes, examinemos las explicaciones naturales que pretenden desmentir el milagro de la resurrección de Jesús.

Explicaciones naturales a un evento sobrenatural
Los cristianos tenemos que entender que la reacción normal al milagro de la resurrección es de escepticismo o de abierta incredulidad. ¿Cuántas veces a lo largo de nuestra vida nos hemos encontrado vivo a alguien que sabíamos que había fallecido?

Los que no creen en lo sobrenatural de esta historia han procurado explicar de manera “natural” la narración del milagro de la resurrección. Esta es una buena actitud y los creyentes no debemos desalentarla, sino todo lo contrario. Eso sí, pedimos a quienes dudan que hagan su investigación con apertura de mente y honestidad. Que investiguen y razonen, pero que den la oportunidad a la posibilidad de que el mensaje cristiano pueda ser verdadero y la resurrección de Jesús, el evento más grande de la historia.

Consideremos ahora algunas explicaciones al evento de la resurrección de Jesús, según han sido ofrecidas por escépticos.

En realidad Jesús no murió
Esta teoría, originada por un tal Karl Venturini, establece que, en realidad, Jesús no murió en la cruz; solo sufrió un desmayo. Creyéndole muerto, algunos de sus seguidores cumplieron con Él los ritos mortuorios de la época y lo dejaron en la tumba. Allí despertó, se recuperó de sus heridas y, al salir, se presentó a sus discípulos.

Hay varios problemas con esta explicación. En primer lugar, las personas que declararon muerto a Jesús tenían experiencia en ejecuciones y sabían distinguir entre una persona viva y una muerta. Tanto así que, contrario a lo acostumbrado con los crucificados, a Jesús no se le quebraron las piernas, pero sí lo hicieron con los ladrones a su lado.

Pilato, el último responsable de la ejecución, no cuestionó el veredicto del centurión que certificó la muerte de Jesús.
Además, uno de los testigos oculares observó cómo cuando se le perforó el pecho a Jesús con una lanza, salió “sangre y agua”. La mejor explicación médica (y quizás la única) para este fenómeno, sugiere que Jesús tuvo una taponada cardíaca (acumulación de sangre en el pericardio, el tejido que envuelve el corazón). La sangre se coaguló, separándose los elementos sólidos y líquidos de la sangre. Con la herida de la lanza, el suero y el contenido sólido de la sangre salieron, dando la impresión de ser agua y sangre. Definitivamente, Jesús estaba muerto.

Pero por un momento presumamos que Jesús no murió en la cruz. ¿Podría el ambiente frío de la tumba revitalizar a un hombre herido, agotado y desangrado? En la soledad de la tumba, ¿podría deshacerse sin ayuda de las telas que lo cubrían, mover una roca pesada, dominar a cuatro soldados profesionales y luego presentarse a los suyos convenciéndolos, a pesar de su terrible estado, de que él era Señor sobre la muerte? ¿Creíble?

De igual manera, si esta fuera la explicación, acusaríamos a Jesús de ser el responsable de la patraña más terrible jamás inventada. Jesús, reconocido aun por los no creyentes como el carácter más puro e íntegro de la historia, sería entonces presentado como el más grande engañador de la humanidad.

Alucinaciones
Esta interesante teoría plantea que lo acontecido tras la muerte de Jesús obedece a un caso de histeria de masas: los desanimados discípulos recordaban la promesa del Maestro de que resucitaría y, en un estado de sugestión colectiva, experimentaron alucinaciones en las que creyeron ver a Jesús resucitado.

Lo que de primera instancia suena plausible, deja de serlo con un ligero examen. Las alucinaciones son un fenómeno estudiado hasta la saciedad. Se sabe que van acompañadas de ciertas particularidades, tanto en el carácter de las personas que las sufren como en las circunstancias en las que se dan.

Las alucinaciones (excluidas las asociadas a la psicosis) las experimentan, por lo general

  1. Personas con cierto tipo de temperamento y condición emocional: impresionables, nerviosas y sugestionables con facilidad.
  2. Se suelen dar en lugares y momentos específicos
  3. Suelen afectar solo uno de los sentidos y
  4. Desaparecen poco a poco.

En la narración de los Evangelios, varios sentidos fueron afectados en estos encuentros. A Jesús se le vio, escuchó, tocó y se le observó comer. Sus apariciones duraron unas siete semanas y terminaron de manera abrupta. Fue visto por individuos y por grupos de personas. Los testigos de la resurrección eran personas de características muy variadas. El impetuoso Pedro, el dubitativo Tomás, el romántico y sensible Juan, la tierna María Magdalena y el analítico Pablo se cuentan entre los testigos. Una carta escrita en el año 56 por este último, ¡habla de 500 testigos de la última aparición de Jesús!

También debemos recordar que los discípulos no esperaban ver a Cristo con vida. Estaban aterrados y encerrados esperando que vinieran a apresarlos. Al ver a Jesús, todos se sorprendieron y expresaron temor y duda. Tomás, quien no estuvo presente en la primera ocasión en que Jesús se presentó a sus discípulos, protestó incrédulo y rehusó creer hasta que él mismo lo vio una semana después.

Además… ¿cómo explicar la tumba vacía? ¿Alucinaciones? Improbable.

El cuerpo de Jesús se lo robaron del sepulcro
El interés de esta teoría es grande, ya que fue la explicación oficial usada por los líderes judíos en el primer siglo, tal y como lo narra el Evangelio de Mateo. Varios grupos pudieron haber sido responsables del robo: romanos, judíos o los mismos discípulos.

Esta teoría dice lo siguiente: “Los judíos o romanos pudieron robarse el cuerpo para evitar un problema mayor. Si los discípulos se animaban a robar el cuerpo, de seguro intentarían fingir la resurrección de Jesús. Para prevenir esta posibilidad, los agentes oficiales (judíos o romanos) se aseguraron de que no ocurriera, haciendo desaparecer el cuerpo de Jesús, seguramente mudándolo de tumba”. Pero si hubiera ocurrido así, ellos mismos podrían haber enseñado el cadáver y terminar temprano con la naciente fe cristiana.

Que fueron los discípulos los que robaran el cuerpo de Jesús es la otra variante de esta teoría. Examinémosla.

Sin quererlo, fueron los mismos judíos y sus cómplices romanos los que prepararon el escenario para que esta teoría pudiera contradecirse hoy. Para robar el cuerpo de Jesús, los discípulos tendrían que romper el sello romano en la tumba, y haber sido capaces de desarmar y dominar a los soldados romanos. Y no olvidemos que fueron estos mismos hombres (los discípulos) quienes cuando Jesús aún estaba vivo, huyeron despavoridos. Ahora muerto Jesús, ¿se enfrentarían los cobardes discípulos a una muerte segura al desafiar a la guardia romana frente al sepulcro?

No solo eso… Esta teoría convierte a los 11 apóstoles en mentirosos y autores de la más grande y despiadada farsa de la historia. Debemos recordar dos aspectos muy importantes. Primero, el carácter de estos hombres está atestiguado como de integridad y honestidad al más alto nivel. Segundo, ¿morirían por una mentira? Todos estos hombres sufrieron por la fe; diez de ellos ejecutados y otro exiliado en su ancianidad. Como comenta el conocido conferenciante y autor Josh McDowell, alguien podría pensar que los discípulos no serían los primeros que mueren por una causa falsa. Pero en el caso de los apóstoles, los autores del fiasco serían los mismos que luego mueren por su propia mentira. Esto reflejaría una conducta humana francamente anormal. Seguro que al arreciar la persecución, alguno de ellos hubiera confesado la verdad, preservando su vida y haciendo desaparecer al cristianismo en el proceso. Nada de eso ocurrió porque los discípulos de Jesús estaban convencidos de su resurrección.

¿Dónde está el cuerpo?

¿Invención premeditada?
Los argumentos antes mencionados sirven para contestar a los que dicen que la historia de la resurrección de Cristo es un invento de los primeros cristianos. El número de testigos, su carácter y su martirio van en contra de esta posibilidad.

Pero, también, las características de la historia tal y como están registradas en los documentos antiguos, presentan algunos aspectos que apuntan a que lo que narran es una historia real y no una invención. Por ejemplo, de nosotros inventar una historia como esta, ¿presentaríamos a Pedro, el primer líder de la iglesia, como un hombre pusilánime y miedoso? En el relato del arresto, ejecución y resurrección, Pedro aparece como un cobarde que niega a su amigo tres veces y llega a maldecir el nombre de Jesús. Si la historia fuera una invención, seguro que se hubiera presentado de una manera más positiva a aquel que Jesús dijo que sería la piedra sobre la que fundaría la Iglesia.

Algo parecido sucede con los otros 10 apóstoles. El relato los presenta asustados y escondidos en el mismo lugar donde tuvieron su última reunión con Jesús antes de morir. Tomás, uno de ellos y quien no estuvo presente en la primera aparición de Jesús, rehusó creer hasta tener la oportunidad de tocar sus heridas.

Si hubiésemos inventado la historia, ¿a quién habríamos preferido como primer testigo de la resurrección? Es probable que a Pedro, el líder de los 12. O quizás a Juan, aquel a quien Jesús amaba de manera especial; o a José de Arimatea, un importante líder judío que simpatizaba con la causa del Nazareno; o a Nicodemo, otro prominente líder judío y miembro del Sanedrín. Pero no. El primer testigo es… ¡una mujer!: María Magdalena.

Recordemos que en esa época la sociedad tenía un concepto muy bajo de la mujer. En ese contexto, en el que los hombres judíos se felicitaban a sí mismos cada día por no haber nacido mujeres, la credibilidad de ellas era nula. Tenerlas como primeros testigos de la resurrección no ayudaba en nada a la credibilidad de la naciente iglesia.

La narración de los hechos relacionados a la resurrección de Jesús está llena de aspectos que revelan su originalidad y su veracidad.

Conclusión
Hablar de la resurrección de Cristo es, por supuesto, hablar de lo milagroso; y aquí comienzan las dificultades para algunos. Los escépticos materialistas niegan con rotundidad la existencia de lo sobrenatural. Rehusan creer en lo que no pueda demostrarse con rigor científico. Ellos descartan a priori la posibilidad de lo milagroso o lo sobrenatural. Por lo tanto, rehusan creer en la resurrección, no porque las evidencias así los convenzan, sino porque ya habían decidido de antemano que, por definición, no podía ser cierta.

El estudio de los eventos asociados a la resurrección de Cristo es un instrumento para acercar a la fe a algunos, así como para solidificar la fe de los cristianos. Por eso, te invito a examinar la evidencia. Si Jesús resucitó, entonces lo que Él dijo de sí mismo era cierto. Si Jesucristo resucitó, sus palabras “Yo soy el camino, la verdad y la vida” no son el exabrupto de un maniático o de un farsante, sino la afirmación del mismo Hijo de Dios. Y lo que decidamos respecto a Él es determinante para nuestra vida aquí… y para la eternidad.

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