RESUMEN

Fue Frederick Buechner quien escribió que las “dudas son las hormigas en los pantalones de la fe. La mantienen despierta y en movimiento”.

¿Cómo hacer frente a las dudas de los no creyentes?

Comencemos por decir que algunas de las personas que abandonan la fe o que rehusan creer, no rechazan a Dios, sino a una imagen caricaturizada de Dios. 

Eso no significa que la responsabilidad recaiga totalmente en el portador del mensaje. La responsabilidad es del no creyente. Es tanto lo que está en juego que el escéptico no debería limitarse a decir su opinión o a manifestar sus dudas, sino que debería poner empeño en conocer acerca del tema. Es mucho lo que está en juego. 

La verdad del caso es que pocos lo hacen.

Por otro lado, no toda duda es una duda real y sincera. Tanto para aquellos que no creen, como para aquellos que alguna vez creyeron, las motivaciones para su decisión de no creer o de abandonar la fe no siempre son asuntos de carácter puramente intelectual. No queremos decir que la inteligencia de las personas que no creen sea deficiente. Lo que sí sugerimos es que, basados en estudios y la experiencia, podemos decir que muchos de los que no creen, no lo hacen porque sus argumentos y razonamientos les hayan llevado a quedar convencidos de que el cristianismo no sea cierto.

Tanto el creer como el no creer son operaciones complejas en las que emociones, deseos, razonamientos y otros factores entran en juego. No es un asunto puramente intelectual.

El cristiano también duda! 

Los cristianos dudamos porque pensamos. Y Dios, quien nos dio la capacidad racional, lo entiende. Nuestras dudas honestas no incomodan a Dios.

Tristemente, en la mayoría de las iglesias no sabemos cómo enfrentar las dudas de los miembros, en especial las de los jóvenes. El resultado suele ser que a la tensión de la inseguridad del que duda, se le añade el peso de la culpa. Ante sus preguntas nos ponemos nerviosos y contestamos con el superficial: “Acéptalo por fe”.

Los que dudan y se van

Hacemos un buen trabajo en ganar a los niños para Cristo (la mayoría de las personas se convierten antes de los 8 años de edad), pero los jóvenes entre 18 y 28 años se apartan de la fe en números alarmantes. Según uno de los estudios, hasta un 80 por ciento de estos deja de asistir a la iglesia y solo un 30 por ciento de ellos regresa en su vida adulta.

El otro fenómeno —por supuesto, conectado al anterior— expresa que la proporción de personas jóvenes que manifiestan no tener ninguna religión (algunos los llaman “nones” y los mencionamos anteriormente) ha aumentado de manera significativa en las últimas décadas. 

Por supuesto, las dudas de carácter intelectual no son la única razón por la cual los jóvenes del citado estudio abandonan la fe, pero juegan un papel importantísimo.

Todos estos datos, y las experiencias anecdóticas de muchos de los lectores, deberían movernos a los líderes de las iglesias cristianas a tomar cartas en este asunto crucial. Ignorar las dudas de nuestros jóvenes no las hará desaparecer, sino todo lo contrario. No contestarlas o contestarlas de manera superficial, da la impresión al joven de que no existen contestaciones para sus preguntas; ¡y contestaciones hay!

En el mundo actual se hace imprescindible que las iglesias trabajen en adiestrar a sus jóvenes en la apologética.

La duda y la iglesia

Como regla general, las iglesias cristianas no están preparadas para contestar las preguntas de los que dudan. Algunos creen que “la fe” debe bastar, otros nunca dudan y otros dudan, pero son demasiado perezosos como para pasar el trabajo de hacer algo al respecto. 

Dudar puede ser bueno

¿Qué puede hacer la iglesia? Lo primero es proveer el ambiente para que los creyentes de cualquier edad se sientan cómodos al plantear sus preguntas. Es muy importante que el creyente, joven o no, pueda manifestar sus dudas y conversar con libertad sobre ellas en el seno de la misma iglesia. Las dudas suelen ser una buena señal: que la persona está pensando su fe.

Eso es muy importante entre los jóvenes, en particular aquellos que ya cursan la escuela superior o la universidad. En ocasiones estas instituciones se convierten en un verdadero coliseo romano, donde la ingenuidad de los creyentes se presenta como presa a las bestias y gladiadores de preguntas sin (supuestamente) contestación. La fe de nuestros jóvenes está siendo atacada de manera constante. A la presión de grupo se añade la figura de autoridad del profesor que, se presume, sabe de lo que habla.

Repetimos que dudar en sí mismo no es malo ni pecado. El filósofo cristiano Peter Kreeft dice lo siguiente al respecto:

Nosotros también hemos sido programados por nuestra herencia y por nuestro entorno, para cuestionarnos nuestra programación. Dudamos. Dudar es glorioso. Solo quien ha dudado puede creer, de la misma manera que solo quien ha experimentado el desasosiego puede tener esperanza, y que solo puede amar quien puede odiar.

Formación

Lo segundo que podemos hacer en la iglesia es desarrollar oportunidades de formación en el área de la apologética (defensa). La apologética debe incluirse en el currículo regular de enseñanza bíblica para niños, jóvenes y adultos.

Cristiano, ¡duda! No creer puede ser pecado, pero dudar no lo es.