RESUMEN

En el capítulo 7 del Evangelio según San Juan, se narra un interesante episodio en la vida de Jesús que nos permite ver en acción algunos mecanismos no necesariamente intelectuales que llevan a la increencia.

Jesús se encuentra en Jerusalén para una de las fiestas judías. Él mismo les invita a juzgarle.

24 No juzguen por las apariencias; juzguen con justicia. 

Los cosas que hacía y decía no solamente llamaban la atención sino que también en alguna manera forzaban a la gente que le escuchaba a tomar una decisión sobre tan particular personaje.

16 —Mi enseñanza no es mía sino del que me envió.

29 pero yo sí lo conozco porque vengo de parte suya, y él mismo me ha enviado. 

31  «Cuando venga el Cristo, ¿acaso va a hacer más señales que este hombre?»

37 …—¡Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba! 38 De aquel que cree en mí, como dice la Escritura, brotarán ríos de agua viva. 

Por esto la reacción de muchos.

(15) ¿De dónde sacó éste tantos conocimientos sin haber estudiado? 

46 —¡Nunca nadie ha hablado como ese hombre!

Opiniones había de todo tipo:

Algunos optaron por una respuesta fácil: “Estás endemoniado” (20). El ambiente de tensión que sirve de trasfondo a este estos diálogos se percibe con claridad en estas palabras:

12 Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo. 13 Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos. (Juan 7:12-13).

Las respuestas ante Jesús que se pueden observar en este interesante episodio van desde la convicción de que es el Hijo de Dios y Mesías, hasta la absoluta incredulidad, pues “ni aun sus hermanos creían en él” (Juan 7:5). 

Creo que si miramos con algo de atención la narración, podemos descubrir en este intercambio entre Jesús y sus opositores elementos no intelectuales que llevaron a diferentes personas a no creer en Jesús. A la fuerza detrás de las reacciones hacia Jesús descritas en este pasaje, les llamo la “anatomía de la incredulidad”.

Incrédulos por desidia o ignorancia. 

Ignorancia auto-impuesta. 

Incrédulos por delegación.

Incrédulos por decisión. 

La pregunta sincera que todo no creyente debe hacerse sobre su increencia es si existe alguna otra razón, aparte de una convicción intelectual, para no creer. Debería preguntarse: ¿no creo porque las evidencias me llevan a no creer o solo porque no quiero creer?

Somos capaces de ignorar la verdad aun cuando está delante de nuestros ojos. La disposición a la obediencia antecede a la comprensión de la verdad.

Pero si esto es así, ¿qué de las dudas de los creyentes? ¿Acaso dudan los que creen? ¡Definitivamente! Los creyentes también necesitan respuestas. ¡El cristiano también duda!