Jesus según su amigo Juan #31

Jesus

Es mucho lo que aprendemos de alguien cuando escuchamos sus oraciones. No las que hacemos cuando estamos conscientes de que estamos siendo escuchados (por los hombres) sino cuando hablamos solo a Dios. En un sentido eso es lo que hacemos en este pasaje. Esta es la oración de Jesús cuando ha finalizado su tarea. Es como si Juan nos abriera una puerta a terreno santo, permitiéndonos escucharla ocultos, detrás de la puerta.

Lo que no sabíamos

Introducción
Lo que podemos aprender escuchando (accidentalmente, por supuesto) una conversación entre dos personas.

Es mucho lo que aprendemos de alguien cuando escuchamos sus oraciones. No las que hacemos cuando estamos conscientes de que estamos siendo escuchados (por los hombres) sino cuando hablamos solo a Dios.

En un sentido eso es lo que hacemos en este pasaje. Esta es la oración de Jesús cuando ha finalizado su tarea. Es como si Juan nos abriera una puerta a terreno santo, permitiéndonos escucharla ocultos, detrás de la puerta.

Aprendemos sobre…

I. PREEXISTENCIA DE CRISTO

 5 Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera. 

24… la gloria que me has dado porque me amaste desde antes de la creación del mundo.  

Ya desde el inicio de este Evangelio aprendimos que Jesús es el Verbo encarnado, Dios hecho hombre y, por lo tanto, existente antes de la Encarnación.

1:1 En el principio ya existía el Verbo, 
y el Verbo estaba con Dios, 
y el Verbo era Dios. 
2 Él estaba con Dios en el principio. 
3 Por medio de él todas las cosas fueron creadas; 
sin él, nada de lo creado llegó a existir. 

14 Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

18 A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo unigénito, que es Dios y que vive en unión íntima con el Padre, nos lo ha dado a conocer. 

Lo que en está bella oración de Jesús nos permite apreciar ahora es algo relacionado al estado anterior del Hijo previo a la encarnación. La existencia del verbo pre-encarnado es una de gloria.

En Filipenses 2:6-8 aprendemos sobre esta realidad cuando se nos dice:

6… siendo por naturaleza Dios, 
no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. 
7 Por el contrario, se rebajó voluntariamente, 
tomando la naturaleza de siervo 
y haciéndose semejante a los seres humanos. 
8 Y al manifestarse como hombre, 
se humilló a sí mismo 
y se hizo obediente hasta la muerte, 
¡y muerte de cruz! 

Esto nos indica con claridad que el Jesús preexistente es Dios mismo, y que disfruta de la gloria que sólo a Dios puede atribuírsele. A pesar de esto, el Hijo prefirió despojarse de aquello a lo cual tenía derecho propio para encarnarse, hacerse humano, hacerse esclavo… morir en la cruz.

Con razón Pablo escribe en I Tim. 3:16

16 No hay duda de que es grande el misterio de nuestra fe: 
Él se manifestó como hombre; 
fue vindicado por el Espíritu, 
visto por los ángeles, 
proclamado entre las naciones, 
creído en el mundo, 
recibido en la gloria. 

Por supuesto, esta doctrina del Hijo, que es Dios pre existente, es parte fundamental de la doctrina cristiana. Pero el énfasis que notamos en la oración de Jesús es el de la “gloria” que el Hijo disfrutaba previo a la encarnación y a la que, como ya vimos en Filipenses, renunció. A esto es lo que apunta la frase “Siendo en forma de Dios”. Más que hablar directamente sobre la deidad del Hijo (ciertísima como es), habla sobre la gloria relacionada a esta.

En la Encarnación el Hijo no deja de ser Dios, pero sí vive sin la gloria de la Deidad, gloria manifestada, aunque fuera por un poco de tiempo, en el Monte Tabor, en la transformación (“transfiguración”) que presenciaron tres de sus discípulos.

Quizá a eso es a lo que Juan se refiere cuando escribe en 1:14

Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Y Pedro e 1 Pe. 1:18

Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.

II. RELACIÓN PADRE-HIJO

10 Todo lo que yo tengo es tuyo, y todo lo que tú tienes es mío

23… y el mundo conozca que tú me has enviado
y que los has amado a ellos como me has amado a mí.

25 »Padre justo, aunque el mundo no te conoce, yo sí te conozco, y éstos reconocen que tú me enviaste. 26 Yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo mismo esté en ellos.»

En un estudio anterior vimos cómo, ante la petición de Felipe, “muéstranos al Padre”, Jesús les habló sobre la identidad del Hijo con el Padre. Ahora, en esta oración, escuchamos más sobre la relación entre el Padre y el Hijo.

Debemos recordar que, como en el capítulo primero de Juan, se dos acceso a un momento de eternidad, antes que el mundo fuese. Y dentro de todo lo misterioso que nos pueda parecer la naturaleza del Dios Trino, observamos que la identidad de dos de las divinas personas, Padre e Hijo, constituye en realidad una relación paterno-filial real dentro de lo que en Teología se llama pericoresis, es decir, la relación existente entre las tres Divinas Personas.

III. DEPENDENCIA DE CRISTO

2 ya que le has conferido autoridad sobre todo mortal para que él les conceda vida eterna a todos los que le has dado.

6 »A los que me diste del mundo les he revelado quién eres. Eran tuyos; tú me los diste y ellos han obedecido tu palabra. 7 Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, 8 porque les he entregado las palabras que me diste, y ellos las aceptaron; saben con certeza que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

Haciendo aun más gloriosa y misteriosa, si cabe, esta relación Padre-Hijo, se nos presenta una enseñanza vital para entender la “doble naturaleza del Hijo” (divina y humana), así como la razón para algunos pasajes mal interpretados por algunos, en los que Jesús (el Hijo Encarnado) demuestra subordinación al Padre, y hasta alguna limitación auto-impuesta en su conocimiento de eventos por venir. Por ejemplo, cuando se dice que…

Marcos 13:32 Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre…

Juan 5:19 Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.

Juan 14:28 Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre; porque el Padre mayor es que yo. 

IV. Motivación DE CRISTO: La gloria del Padre

17:1 Después de que Jesús dijo esto, dirigió la mirada al cielo y oró así: «Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti,

10… y por medio de ellos he sido glorificado. 

Explicar “gloria”, “glorificar” – “gloria, grandeza, esplendor”
GLORIA – estudio de palabra (al final)

In the NT, however, the word is used for the most part in a sense for which there is no Greek analogy whatever and of which there is only an isolated example in Philo. That is to say, it denotes “divine and heavenly radiance,” the “loftiness and majesty” of God, and even the “being of God” and His world. How does the word come to have this new significance? To answer this question it is necessary that we study the OT כָּבוֹד.

δόξα as the Divine Mode of Being.
It is obvious that the NT use of δόξα follows the LXX rather than Greek usage. With the senses of “reputation” and “power” already mentioned, the word is also used strictly in the NT to express the “divine mode of being”. This is true of all the NT authors.60 Even writers like Lk.61 and the author of Hb., who have such a feeling for Greek, are no exception. They use the term as a biblical rather than a Greek term. It is not that they are presenting a particularly inward and spiritualised form of the concept. On the contrary, it is in Lk. that we find the most impressive form of a manifestation of δόξα, Lk. 2:9; 9:31 f.

B. ¿Cómo Jesús glorificó a Dios? ¿Cómo glorificamos a Dios?

4 Yo te he glorificado en la tierra, y he llevado a cabo la obra que me encomendaste.

6 »A los que me diste del mundo les he revelado quién eres.

12 Mientras estaba con ellos, los protegía y los preservaba mediante el nombre que me diste,…
——
14 Yo les he entregado tu palabra

26 Yo les he dado a conocer quién eres, y seguiré haciéndolo, para que el amor con que me has amado esté en ellos, y yo mismo esté en ellos.» 

Nosotros: “Para gloria de Dios”.

Solemos decir que la evangelización es la razón de ser de la Iglesia. Estamos equivocados.

Por supuesto que llevar el Evangelio de Cristo a todo el mundo es la tarea principal de la Iglesia de Cristo. Somos nosotros los que tenemos el privilegio de, habiendo experimentado la salvación, ser socios con Dios en su misión, privilegio negado a profetas y a ángeles.

Hablar de nuestra razón de ser como Cuerpo de Cristo es más difícil que hablar de nuestra misión. La misión es algo concreto con instrucciones claras y un resultado a veces cuantificable. El “ser” de la iglesia, su razón de ser, es otra cosa. El tema nos parece demasiado abstracto y místico. Pero es vital. Ser es más importante que hacer.

La razón de ser

La razón ser del cristiano y de la iglesia es un tema profundo y abarcador. Comprenderlo, aunque sea superficialmente, nos obliga a remontarnos a “antes que el tiempo fuese”, a la eternidad. Porque, ¿cuál sería el propósito más excelso de la creación? La creación existe para traer gloria al Creador.

El cristiano y la Iglesia son creación de Dios. ¿Para qué existimos? Existimos para la gloria de Dios. Así lo expresa la primera pregunta del Catecismo de Westminster, uno de los resúmenes de doctrina más antiguos del protestantismo.

P. 1. ¿Cuál es el fin principal y más noble del hombre?
R. El fin principal y más noble del hombre es el de glorificar a Dios y gozar de él para siempre.

Cuando decimos que nuestra visión como denominación en Puerto Rico es ser una “Iglesia … para gloria de Dios”, de eso es de lo que estamos hablando.

Gloria

Además de lo insubstancial que nos pueda parecer el concepto de la razón de ser de la iglesia, tenemos otra dificultad. Usamos la palabra gloria con muchísima frecuencia, pero sin comprender su significado. Damos gloria Dios, reconocemos su gloria, cantamos de su gloria. Decimos que la gloria cae, se mueve, se manifiesta. Como expresión de alegría santa decimos “¡gloria a Dios!”. Y así un larguísimo etcétera. La palabra es muy usada. ¿Entendemos qué significa?

Cuando se nos pide que definamos “gloria” o que expliquemos lo que significa “la Gloria de Dios” nos percatamos, quizás por primera vez, que al hablar de gloria nos referimos a un término tan abstracto que se nos hace imposible definir. Y, como alguien ha dicho certeramente, si no podemos definir algo, no sabemos lo que es. Y esto con una palabra que aparece cientos de veces en la Biblia.

La palabra “gloria”, cuando se usa en referencia a la persona de Dios, tiene una interesante evolución desde el Antiguo Testamento (donde significa en muchos casos “peso”) hasta el Nuevo donde, según teólogos, expresa “el modo divino del ser”.

La gloria de Dios

En la Biblia (en referencia a Dios) gloria representa la manifestación de lo que Dios es como Dios. Es, a la misma vez, la grandeza, majestad y poder que solo pertenecen a Él. La pensamos como un intenso resplandor que emana de Dios, al que no podemos mirar directamente. (¿Recuerdan a Moisés?) Dios es glorioso porque su santidad, poder y amor se desbordan de su persona. Dios es glorioso aun en sus juicios cuando se manifiestan su santidad, ira y justicia.

Dios es tan glorioso que su presencia convierte en santo el lugar donde está (“quita las sandalias de tus pies…”). La gloria de Dios es tal que, ante ella, tiembla el monte, se ilumina el Santísimo, se llena el templo, se desmaya el profeta, se ciega el perseguidor, concibe la virgen y queda vacía la tumba.

Una presencia atenuada de la gloria de Dios es suficiente para sacudir nuestro cuerpo, llenar nuestra alma y reanimar nuestro espíritu. Un segundo ante la gloriosa presencia de Dios es suficiente para convencer al incrédulo y fortalecer al creyente. Es mejor que mil días lejos de ella.

Si esto es (aproximadamente) la gloria de Dios, ¿como podemos glorificarle? ¿Será posible con nuestras palabras o nuestra música añadir algo a Aquel que llena “los cielos de los cielos”.

Lo cierto es que nada podemos añadir a Quien es “el todo en todo”. Una acción nuestra que resulte en que nuestro Dios sea glorificado no lo hace más grande, ni más santo, ni más justo, ni más bueno. El ya es todo lo grande, santo, justo y bueno que se puede ser.

Glorificando a Dios

Lo que hacemos cuando glorificamos a Dios, sea con nuestra adoración o con nuestra acción, es darlo a conocer en su grandeza y su poder; publicar al universo la perfecta naturaleza de nuestro Señor.

Cada vez que, como seguidores de Jesús, atraemos a Él la atención del mundo con nuestro buen testimonio, le damos gloria. Glorificamos a Dios cuando producimos mucho fruto. (Mateo 5:16; I Pe. 2:12; Juan 15:13). Cada vez que nuestro comportamiento individual y nuestro testimonio colectivo muestran al mundo que Dios está en medio nuestro, glorificamos a Dios. Cada vez que alguien se acerca al Reino de Dios por el comportamiento de sus súbditos, traemos gloria a Dios. Aun en nuestro sufrimiento podemos glorificar a Dios. Jesús le da gloria al Padre con su muerte (y con su resurrección). Lo mismo que Pedro (Juan 12:24,28; 13:31-32; Juan 21:19).

Efesios, “los Alpes del Nuevo Testamento”, es una hermosa y profunda carta donde podemos aprender tanto de la historia como de la naturaleza de la Iglesia. Nos enteramos al leerla de su origen en Cristo antes de la fundación del mundo, de que resulta de la desaparición del muro de separación, de que es la nueva humanidad, el misterio, el cuerpo, la esposa, el templo y hasta la familia de Dios.

En el capítulo tres de Efesios se nos muestra cómo, “la realización del plan de Dios” tiene como fin que “la sabiduría de Dios, en toda su diversidad, se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia” al Universo.

Aunque soy el más insignificante de todos los santos, recibí esta gracia de predicar a las naciones las incalculables riquezas de Cristo, 9 y de hacer entender a todos la realización del plan de Dios, el misterio que desde los tiempos eternos se mantuvo oculto en Dios, creador de todas las cosas. 10 El fin de todo esto es que la sabiduría de Dios, en toda su diversidad, se dé a conocer ahora, por medio de la iglesia, a los poderes y autoridades en las regiones celestiales, 11 conforme a su eterno propósito realizado en Cristo Jesús nuestro Señor. (Efesios 3:8-11)

Muchas veces me he cuestionado la prudencia de nuestro Dios al poner su fama en nuestras manos. La iglesia, nosotros, esta amalgama de santos en formación, de todos los colores y olores posibles, este injerto de la eternidad en la humanidad, mezcla tan íntima de lo divino y lo humano, nosotros, ¡somos los representantes de Dios! Somos los promotores de su gloria. ¡Somos el rostro de Dios ante el mundo!

Para completar el cuadro paradójico que nos presenta la iglesia (humana) trayendo gloria al (Divino) Dios, tenemos que volver al Evangelio, al milagro de nuestra salvación. Viviendo el Evangelio en el poder del Espíritu nos damos cuenta que la tarea de dar gloria a Dios no es complicada. Es suficiente permitir que la naturaleza del Cuerpo de Cristo se manifieste en nosotros: una manera milagrosa de vivir, bañada en el amor de Dios y atrayendo, como la miel a las abejas, a una humanidad perdida y desesperada, y guiándoles a la única verdadera fuente de Vida que existe.

Conclusión

Esta es la razón de ser del creyente y de la Iglesia: glorificar a Dios. Ante el mundo físico y ante el mundo espiritual nuestro rostro como
Iglesia es el rostro de Dios. El prestigio de Dios está en nuestras manos.

V. MISIÓN CUMPLIDA

A.Palabra-verdad a la humanidad

6… Eran tuyos; tú me los diste y ellos han obedecido tu palabra.

8 …porque les he entregado las palabras que me diste, y ellos las aceptaron…

14 Yo les he entregado tu palabra, y el mundo los ha odiado…

17 Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad.

19 Y por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. 

B. Vida eterna a la humanidad

3 Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado. 

6 »A los que me diste del mundo les he revelado quién eres. Eran tuyos; tú me los diste y ellos han obedecido tu palabra. 7 Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, 8 porque les he entregado las palabras que me diste, y ellos las aceptaron; saben con certeza que salí de ti, y han creído que tú me enviaste.

VI. PETICIONES DE CRISTO

A. Por nosotros

20 »No ruego sólo por éstos. Ruego también por los que han de creer en mí por el mensaje de ellos,

24 »Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy. Que vean mi gloria, la gloria que me has dado

B. Porque el mundo crea… (“El mundo creerá si…”)
11 Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre, el nombre que me diste, para que sean uno, lo mismo que nosotros.

20 »No ruego sólo por éstos… 21 para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. 

22 Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno:

23 yo en ellos y tú en mí. Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí.

B. Por los discípulos en el mundo

11 …Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre…

13 »Ahora vuelvo a ti, pero digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo, para que tengan mi alegría en plenitud

15 No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. 

17 Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad.

18 Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo. 

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