La Gran Omisión #7

El contenido
Podría sonarles extraño pero el contenido del discipulado en sus primeras etapas consiste de la misma información que ayuda a una persona a entender la salvación en Cristo.

Es que no debemos dar por sentado que el nuevo creyente ha entendido lo que es el Evangelio. Las palabras sencillas, alguna cita bíblica y cosas como esas son nuestra introducción al conocimiento del Evangelio, pero no termina allí.

Cuando hablamos de Evangelio en este contexto no nos referimos a lo que le explicamos a un no creyente guíandolo a su conversión, sino que incluye toda la gama y la profundidad de lo que las buenas noticias de Dios en Cristo significan. Por supuesto este proceso es uno en que los cristianos pasamos toda nuestra vida.

Por eso es que lo que queremos indicar aquí es lo siguiente. Tenemos que asegurarnos que el nuevo creyente ha entendido lo básico del evangelio y una vez nos aseguramos de eso debemos asegurarnos de que ha depositado su fe completamente en Jesús.

En mi opinión son tres los principales conceptos que debemos asegurarnos que el nuevo creyente entiende. Primero, el amor de Dios. Aunque dentro y fuera de la iglesia se habla muchas veces del amor de Dios, la mayoría de la gente en realidad no sabe de qué estamos hablando. Aún muchos cristianos todavía no entienden ni conocen en experiencia personal y propia este amor.

Y es que cuando hablamos de amor lo entendemos en base a nuestra experiencia cotidiana. No hay una escuela de amor ni un curso de tres pasos para conocer el amor. El amor es por un lado una experiencia y por otro, un conocimiento. Por eso cuando examinamos el amor de Dios a la luz de nuestra propia experiencia del amor que hemos dado o recibido de otros, estamos muy lejos de entender, aunque sea someramente, el amor de Dios.

Y es que el amor de Dios es único. Es único porque Él es único. Es único porque es absolutamente inmerecido. Es único porque es parte de su naturaleza. Es único porque lo manifestó a nosotros aún antes que nosotros nos interesamos en él. Es único porque es incondicional.

En el plano humano no conocemos un amor así. Por lo tanto quizás requiera esfuerzo y enseñanza repetida para que el nuevo creyente comprenda, acepte e internalice la poderosa realidad de el amor de Dios. Este amor no depende de que lo sintamos (a veces lo sentimos, a veces no) sino de la realidad y verdad de la palabra de Dios que lo establece tan claramente.

El segundo punto importante en la doctrina básica de el Evangelio de Cristo que tenemos que asegurarnos entienda el nuevo creyente es la gravedad de nuestro pecado. De la misma manera que no hemos conocido un amor como el de Dios en el mundo tampoco hemos aprendido a ver la maldad de nuestro propio corazón.

Por eso Jesús hablaba de mirar primero nuestra viga antes de estar intentar sacar la astilla o paja del ojo de nuestro hermano. Pero cuando me refiero a este segundo punto no estoy hablando solamente de entender que somos pecadores, Sino de entender la naturaleza horrible, asqueante y repugnante de nuestro pecado.

Con modelos o comparaciones humanas jamás entenderemos lo horrible que es nuestro pecado. Sin entender lo horrible de nuestro pecado no podremos entender lo grande de la salvación provista por Dios (comentado en el próximo punto) ni la magnitud y naturaleza del amor de Dios (comentado en el punto anterior.)

Nuestro pecado constituye una afrenta y falta inconmensurable (que no puede medirse) ofensa hacia Dios. La mejor manera que yo he visto para entender este importante concepto es la siguiente. El problema de nuestro pecado es tan grande que se requirió la muerte de Dios para resolverlo.

Puede ser que esa explicación suene demasiado sencilla o reduccionista. Pero lo importante aquí es que, hasta donde sea posible, tengamos una comprensión de la gravedad de nuestro pecado.

Si entendemos los primeros dos puntos, no tendremos problema en entender el tercero: la salvación en Cristo. En la serie de estudios bíblicos en formato digital de la que les hablaremos oportunamente yo explico el punto segundo y tercero llamándole al pecado “el gran problema” y a la salvación “una gran salvación”.

La salvación provista por Dios en su amor tuvo que ser grande porque nuestra falta es inmensa pero fue grande también porque quien muere en la Cruz en sustitución nuestra es el hijo de Dios, Dios encarnado. Es grande también porque borra el pecado, quita la culpa, nos reconcilia con Dios, nos dar perdón y vida eterna.

No hay ningún otro mensaje tan poderoso como el mensaje del Evangelio de Cristo. Por eso Pablo no se avergüenza de él. El Evangelio de Cristo es lo más sublime por un lado y poderoso por otro que podemos conocer y experimentar. La más grande salvación posible ha sido provista por el más grande sacrificio posible y dado gratuitamente a quien ha pecado lo más posible.

La tarea
Como muchos estudiantes de la Biblia ya saben, en el Nuevo Testamento (escrito en griego) se usa una palabra para describir la clase de amor especial, como el que Dios tiene hacia nosotros. La palabra es “ágape”.

Haciendo un acróstico con esta palabra quiero resumirles lo que es la tarea del discipulador, de quien está ayudando a otro creyente en el desarrollo de su vida en Cristo.

Amar. Ya en otro estudio hemos enfatizado como la relación con nuestro discípulo está basada en el amor. De la misma manera que Dios nos ha amado, nos ha capacitado para amar y sólo amando a nuestro discípulo estaremos dispuestos a cumplir cabalmente nuestra tarea.

Guiar. En un sentido muy claro un nuevo convertido es como un niño y de la misma manera que los niños pequeños necesitan ser llevados de la mano y guiarles en las primeras etapas de su vida, nosotros tenemos que guiar a nuestros discípulos. Eso significa que habrá momentos en que, con la ayuda de la Biblia, seremos específicos y proactivos cuando llega el momento para nuestro discípulo de tomar algunas decisiones. Por supuesto, según va pasando el tiempo, se espera que el discípulo necesite menos y menos de nuestra dirección.

Alimentar. Aquí nos referimos especialmente a nuestro deber de enseñarles las Escrituras. El conocimiento bíblico, que nos permite conocer a Dios, es la base del crecimiento espiritual. La Biblia es la materia prima con la cual dios por su Espíritu nos sigue instruyendo y moldeando. Al principio nuestra enseñanza se tiene que limitar las cosas más básicas, Pero según va pasando el tiempo tendremos el privilegio de entrar en temas un poco más profundos.

Proteger. El bebé humano, el recién nacido, es el ser más indefenso y vulnerable de toda la creación. Contrario a la mayoría de los animales, no será capaz de valerse totalmente por sí mismo hasta pasado bastante tiempo. Un niño necesita ser protegido. Los nuevos creyentes también deben ser protegidos de los ataques del diablo y de la gente, reafirmándoles su conocimiento de la verdad de Dios. Debemos defenderle de las sectas erróneas que tratarán de desviarles del camino correcto. En nuestra protección no siempre esperaremos a que se pidan nuestra ayuda. A veces tendremos que ser proactivos. Una vez identificada la amenaza, nos movemos para proteger.

Equipar. Ningún proceso de discipulado está completo sin equipar al nuevo creyente para su ministerio. Lo más importante lo hace Dios por su espíritu Santo. Comienza a habitar en él y le da sus dones. A nosotros nos corresponde guiarle en el uso y administración de dichos dones. Con el paso del tiempo podremos ayudar al nuevo creyentes, que ya no sería tan nuevo, a identificar su lugar en el cuerpo de Cristo. De acuerdo a sus dones y habilidades así como la pasión o interiores interés que Dios haya puesto en su corazón, le ayudaremos a identificar cuál será su”ministerio” o forma de servicio.

Nada de esta tarea debería intimidarnos. Recuerden que todo esto se hace con la ayuda del Espíritu Santo y con el trasfondo de una relación de confianza, amor y respeto mutuos. Mucho si no todo esto surgirá naturalmente. Seamos sensibles a la dirección del espíritu.

Dudas iniciales sobre la salvación
A pesar de que ocurrió hace más de 40 años aún recuerdo vívidamente el momento en que comencé a dudar de la realidad de mi salvación. La emoción inicial de mi conversión había pasado y mi mente se resistía a creer que yo, que seguía siendo un pecador, pudiera decir con seguridad que eras salvo.

Esto es muy común en los nuevos creyentes y hay que estar preparados para ayudarlos en esta etapa. Los principios bíblicos que nos ayudarán en esto ya han sido explicados en los estudios anteriores. Ahora lo que quiero hacer es, de manera muy breve, explicar cómo podemos enseñar y aplicar esos principios a la situación de un recién convertido que duda de su salvación.

Partimos de la realidad de que, lo queramos o no, nuestras dudas sobre aceptar la salvación tal y como Dios la presenta es natural. En la mayoría de las ocasiones el problema no es uno de entender sino de creer. Entender el significado de las palabras de Jesús no es complicado en las palabras del Evangelio, pero tenerlas como ciertas sí puede ser difícil para muchos de nosotros por las razones que ya hemos explicado antes.

Con paciencia escucharemos las dudas de nuestro hermano y le atenderemos con el amor de Cristo. Lo primero que comunicaremos es que estas dudas suelen surgir en la vida de todos los creyentes. La salvación de Dios es tan maravillosa que parece “demasiado buena como para ser cierto”.

Lo segundo es que la vida cristiana se vive “por fe y no por vista”. No podemos depender de nuestros sentimientos para afirmar nuestra salvación. Nuestros sentimientos son variables, suben y bajan como las olas en el mar. Nuestra fe debe ser como la roca que se mantiene firme a pesar de que no se sienta nada especial.

Por supuesto lo tercero es lo que explicamos en el estudio anterior. Volver a repasar la enseñanza bíblica sobre el amor de Dios, la gravedad de nuestros pecado y lo maravilloso de nuestra salvación. A la luz de esto reafirmar nuestra fe, lo que creemos y damos por hecho porque Que Dios lo ha dicho.

Discípulos según Jesús
A aquí es largo de los Evangelios podemos observar varios versos en los que Jesús nos da importantes claves de lo que significa ser sus discípulos.

Los iremos examinando uno a uno. Esta es la lista:

  1. Permanecer en su palabra (Jn. 8:31)
  2. Amar los unos a los otros (Jn. 13:35)
  3. Llevar mucho fruto (Jn. 15:8)
  4. Tomar la cruz (disposición a morir; Mt. 16:24)
  5. Jesús como primera prioridad (Luc. 14:26)
  6. Renunciar a todas las posesiones. (Lc. 14:33)
  7. No mirar hacia atrás (Luc. 9:62)

Permanecer en su palabra (Jn. 8:31)
A los cristianos se nos ha llamado “la gente del libro”. Creemos que la Biblia es nuestra máxima autoridad en materia de doctrina y por eso la leemos con regularidad.

Jesús dijo:
Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.
Juan 8:31-32

Esto quiere decir que así como Jesús le indicó a los apóstoles que siguieran (obedecieran) sus palabras, los cristianos hoy nos esforzamos en leer y estudiar la Biblia que es la Palabra de Dios. (Aunque la Biblia es una colección de 66 libros, usualmente nos referimos a ella como un solo libro.)

La enseñanza de Jesús fue clave en la formación de sus primeros discípulos. No fue solo la transmisión de conocimiento sobre Dios y sobre su Reino sino también el efecto de esta palabra en la vida de ellos. Cuando Pedro protestó al ver que Jesús se disponía a lavarle los pies este último le dijo: “ya ustedes están limpios con la palabra que les he dado.”

El Sermón del Monte contiene las enseñanzas más hermosas del Maestro (reconocido así dentro y fuera de la iglesia cristiana). Al concluir dicho sermón, Jesús dejó claro que sus discípulos deben no sólo escucharle sino también obedecerle, poniendo en práctica lo que aprende. Jesús ilustra esto con una interesante historia (parábola) en la que dos personas se disponen a construir un edificio. Uno de los dos cava en la arena hasta llegar a roca firme, sobre la cual construye su casa. El otro construye su casa sobre la superficie arenosa.

Al llegar la inundación de un caudaloso río, la tormenta y sus vientos destruyen la casa del segundo (insensato) pero no del primero (sabio), el que se aseguró de construir sobre fundamento firme.

De esta manera Jesús deja ver claramente los resultados de fundamentar nuestra vida en su palabra y en nuestra obediencia a ella.

En ese mismo capítulo 6 del Evangelio de Juan, en el verso 63, Jesús también enseña a sus discípulos que “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.”

Por todas estas razones, y aun cuando para sus discípulos las palabras de Jesús a veces resultaron duras (por ejemplo en Juan 6), Pedro reconoce que las enseñanzas de Jesús, duras o no, son las mejores palabras posibles, por lo que dijo: “¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Juan 6:68) Son palabras de vida cuando las leemos. Lo son aun más cuando las obedecemos

Amarse los unos a los otros (Jn. 13:35)

 De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.

En módulos anteriores de este curso de discipulado ya hemos enfatizado sobre la importancia del amor en la fe cristiana.

El amor es tan importante como para que fuera usado por Jesús para explicar los dos principales mandamientos, cumpliendo los cuales se cumple toda la ley: “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Interesantemente Jesús presenta como un “nuevo mandamiento” amarse los unos a los otros. “Un mandamiento nuevo os doy que os améis los unos a los otros”.

Por supuesto que en el Antiguo Testamento, específicamente en el libro de Levítico (capítulo 19), ya se instruía sobre la importancia de amar al prójimo. Sin embargo a este mandamiento los intérpretes judíos habían añadido la provisión de que podían “aborrecer a los enemigos”. (Juan 5:43)

Por esto es importante recalcar que cuando Jesús habla de amar al prójimo esto incluye también a aquellos que puedan ser considerados como nuestros enemigos. Cualquier persona puede amar a aquellos que le agradan o son como él. El amor cristiano es mucho más alto que esto.

De manera que cuando el Señor Jesús explica esta enseñanza a un maestro de la ley judía (escriba) lo hace a través de la poderosa historia del Buen Samaritano, en la que el amor es expresado a una persona que podía ser considerada enemigo.

La historia del iglesia temprana indica que los cristianos de los primeros siglos mostraron este amor de manera sacrificial y convincente. En casos de enfermedad, plaga o terremoto, los cristianos eran los que se encargaban de ayudar, apoyar, sanar, cuidar a los enfermos y enterrar a los muertos, fuesen creyentes o no.

Esta clase de amor va más allá de un mero sentimiento; es algo más profundo. Es resultado de nuestra obediencia a Jesús, pero también del amor que Dios pone en nuestro corazón.

Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado. (Romanos 5:5)

También sabemos que el Espíritu Santo “produce” amor en nosotros, como parte de su fruto. Amar como Cristo nos enseña es imposible con las fuerzas humanas solamente. Necesitamos la ayuda y la fuerza del Espíritu Santo. Nuestro Señor amó a sus enemigos. Nosotros los debemos amar también.

Llevar mucho fruto (Jn. 15:8)

Mi Padre es glorificado cuando ustedes dan mucho fruto y muestran así que son mis discípulos.

Traer gloria a Dios es la meta de todo creyente como lo era para Jesús. Cuando hablamos de dar gloria a Dios o de traer gloria Dios lo que estamos diciendo es que deseamos llamar la atención a los inmensos y bellos atributos de Nuestro Señor. Todo lo que ayude a que él sea reconocido como el buen Dios que es y a que sus atributos sean reconocidos, trae gloria a Dios.

Estas palabras de Jesús nos enseñan que una de las formas en que nosotros podemos traer gloria Dios es produciendo mucho fruto, lo que es a su vez otra marca del discípulo.

Lo que fruto significa aquí es muy amplio. Todo lo que refleje el cambio que Dios ha hecho en nuestra vida es fruto para Dios. Todo lo que resulta de nuestra relación con Dios y que es producido por su presencia en nosotros es fruto para Dios. Por supuesto, la manifestación del amor del que hablamos en el estudio anterior es otra forma de fruto.

De la misma manera que con las plantas es el fruto de un árbol el que lo identifica.

Por sus frutos los conoceréis… todo buen árbol da buenos frutos… Así que, por sus frutos los conoceréis. (Mateo 7:16-20)

En nuestra mente protestante es tenemos que reconocer que parte de lo que significa fruto en la Biblia son las llamadas “buenas obras”. El Apóstol Pablo nos enseña que fuimos creados para buenas obras (Efesios 2:10) y que, aunque nuestra salvación es por gracia y nada más, el resultado de esta salvación se manifiesta en obras (fruto).

Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica. (Efesios 2:10)

En Mateo 5 Jesús dice que la gente glorificará a Dios al ver nuestras obras.

Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo. (Mateo 5:16)

Tomar la cruz (disposición a morir; Mt. 16:24)
Si alguien quiere ser mi discípulo, tiene que negarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme. 25 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la encontrará. 26 ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida?

Este verso suele ser interpretado de manera incorrecta. Se ve la Cruz que todo discípulo debe tomar como la dificultad de vivir la vida cristiana o algún problema o dificultad en la vida de un cristiano en particular. “Esa es mi cruz” oímos decir algunos.

Pero no hay nada de eso en estas palabras de Jesús. El Maestro está hablando de lo que significa seguirle y de el precio que podría pagarse por hacerlo. Lo vemos claramente en el contexto de sus palabras. Jesús dice primero que quien quiera seguirle como Maestro, tiene que “negarse asimismo”. Y luego afirmó:

¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida?… (verso 26).

Negarse a uno mismo es la disposición a renunciar a nuestros propios intereses. En este caso consiste en renunciar a todo lo que nosotros anhelemos personalmente para que el Señor sea nu estro máximo deseo.

Cargar la cruz en este contexto tiene un solo significado: la disposición a todo por Jesucristo, incluso a morir por él. A pesar de que esto puede sonar muy radical a los creyentes modernos, los que escucharon a Jesús decir estas palabras entendieron perfectamente su significado. La crucifixión era la forma de ajusticiamiento más cruel que tenía el imperio romano a su disposición y era muy conocida por los que escuchaban a Jesús.

Muchos seguramente habían presenciado una ejecución en la cruz. Como parte de la costumbre el ajusticiado cargaba el palo transversal de la cruz sobre sus hombros hasta el lugar de la ejecución. Es esto lo que significaba “cargar la cruz” y quien lo hacía, caminaba hacia una muerte segura.

En las palabras del Señor que estamos considerando se sobreentiende que Aquel por quien “llevamos la cruz” es nuestro Señor. Aunque a veces nosotros los cristianos hemos presentado el señorío de Jesucristo como algo opcional para el cristiano, la Biblia enseña claramente que todo cristiano tiene (o debe tener) a Jesús por Señor. Ser cristiano significa tener a Cristo como el señor de nuestra vida, que le pertenecemos a Él. No es sólo como nuestro salvador. ¡Y que mejor forma de mostrar el sometimiento absoluto a Jesús que llevar la cruz.

El martirio parece que ha pasado de moda. Al menos en nuestra parte del mundo, la persecución violenta que pueda resultar en nuestra muerte no existe, aunque sí en otras partes del mundo. Hermanos nuestros en otros países viven esta amenaza continuamente.

Los primeros cristianos fueron un excelente ejemplo de esto. Comenzando por los apóstoles y hasta quienes en siglos subsiguientes murieron en la arena del Coliseo romano enfrentando bestias y gladiadores. La historia nos dice cómo los romanos mostraron su asombro al ver la forma en que los seguidores de Jesús recibían su muerte. Ya en el libro de los hechos se nos habla del primer mártir cristiano Esteban, y del primer apóstol mártir: Jacobo el hermano de Juan.

Jesús como primera prioridad (Luc. 14:26)
 «Si alguno viene a mí y no sacrifica el amor a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo.

El amar al padre y a la madre se considera quizás como una de las formas más básicas de amor. Jesús enseña que nuestro amor a Dios debe ser superior al amor que tenemos hacia nuestros padres y demás familiares.

Aun en contextos modernos aun se da la situación en que una creyente tiene que decidir entre sus padres y la obediencia al Señor Jesús.

En algunos pasajes paralelos a este se habla de “odiar” a nuestra nuestros padres. En ese contexto la palabra odiar se utiliza simplemente como el antónimo de amar (“des-amar” o “amar menos”), no necesariamente indicando un sentimiento negativo y malo (ya vimos como Jesús nos manda a amar a todos).

Son muchas las cosas en la vida que intentarán tomar el control de nuestro corazón. No solamente los placeres sensuales de la vida, sino cualquier cosa que pueda usurpar el trono donde sólo puede estar sentado el Señor Jesucristo.

En el Antiguo Testamento la fidelidad a algo o alguien que no fuera Dios es identificado como idolatría. Los ídolos de entonces correspondían a las deidades de las naciones vecinas de Israel. El castigo de ser llevados cautivos a Babilonia correspondió en buena medida a este gran pecado

Las cosas materiales sin lugar a duda son los ídolos modernos con los que más luchan los cristianos. Se nos ha enseñado y casi condicionado a buscar tener más cosas a lo largo de nuestra vida. Las cosas en sí mismas no son malas, pero son peligrosas cuando se convierten en dueñas de nuestro corazón.

Muy pocos de nosotros admitirá esto, pero la verdad es que la búsqueda de nuestra “calidad de vida” y del bienestar personal se han convertido en nuestra meta principal.

Lo mismo se puede decir respecto a personas significativas en nuestra vida. Probablemente el amor por aquellos cercanos a nosotros es lo que más intensamente competirá con nuestro amor a Dios. Esto significa que como padres tenemos amar a Dios por encima de nuestros hijos. Esto significa que como hombre o mujer debemos estar dispuestos a renunciar al amor de un potencial cónyuge por nuestro amor a Cristo.

En resumen, si hay algo o alguien que sea para nosotros más importante que Dios, debemos dejarlo para ser buenos discípulos de Jesucristo.

Cómo puedo saber cómo está mi corazón con respecto a esto? No es tan difícil. Les explico cómo lo hago yo. Primero identifico la cosa o persona que amo con mayor intensidad. Luego pienso en cómo reaccionaría si el Señor me pidiera todo. Cómo se siente mi corazón es una indicación de cómo está mi corazón.

En nuestra vida debe llegar el momento en que Dios pueda pedirnos lo que sea sabiendo que nosotros obedeceremos inmediatamente.

Renunciar a todas las posesiones. (Luc. 14:33)
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo.

Como vimos en el estudio anterior es muy común que las posesiones puedan competir con nuestro amor y fidelidad a Dios en nuestro corazón.

Este verso me ha ayudado mucho no sólo a comprender lo que significa tener a Dios en primer lugar sino que también me ha ayudado a que explicar a otros lo que significa la entrega de todo al Señor.

Es es cierto que a pocos de nosotros el Señor nos pedirá un abandono total de nuestras familias y posesiones. Por esa razón pocas personas se pueden identificar emocionalmente con la situación y pensar qué harían ellos si lo pidiera. Aquí es donde nos ayuda el verso, porque este verso no habla de entregar sino de la disposición a renunciar a todo. Es como lo que nos planteamos en el estudio anterior: ¿qué haría yo si Dios me pidiera “lo que sea”?

Quizás la mejor ilustración que podemos encontrar en los evangelios sobre esto es la entrevista que tuvo aquel joven rico ante Jesús. Viene al Maestro supuestamente porque desea saber qué es lo que necesita hacer para ganar la vida eterna. La contestación de Jesús sorprendió al joven y nos sorprende a nosotros. “Vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”. El joven se fue triste porque tenía muchas riquezas.

Creo que esta es la única persona a la que el Señor Jesús pida semejante cosa. ¿Por qué lo haría con este joven que de manera aparentemente sincera buscaba agradar a Dios? Creo que porque el Señor, quien, como dice en otro lugar “conoce el corazón de los hombres” (Juan 2:25), sabía lo que estorbaba a este joven para servir correctamente a Dios.

Nosotros podemos ponernos en el lugar del joven de esta historia y preguntarnos qué haríamos.

Podemos llevar un poco más allá esta característica del discípulo. Por supuesto que esta enseñanza se puede y se debe aplicar al tema de nuestras ofrendas a Dios. La palabra de Dios nos enseña, Pablo hablando al iglesia Corintia, que debemos dar no por obligación, ni por necesidad sino como un “dador alegre”. Dar con alegría de lo que tenemos es señal de que nuestro corazón ha ganado la batalla en contra del materialismo.

¿Cómo se vería esto en acción? Pues tenemos varios ejemplos en el Nuevo Testamento.

Por ejemplo los creyentes en la región de Macedonia se privan de lo suyo, aún no teniendo suficiente, para llenar la necesidad de sus hermanos creyentes oh Dios en la ciudad de Jerusalén (I Corintios 8 y 9). También el Apóstol Pablo da ejemplo de esta actitud desprendida cuando en segunda de Corintios 12:15 dice que está dispuesto a gastar lo suyo en beneficio de sus hermanos. También enseña a los cristianos en Efeso a que trabajen para que puedan dar a otros. Y en primera de Timoteo Pablo presenta la tentación de “amar el dinero” y sus consecuencias (I Tim. 6:10).

No nos vayamos a engañar a nosotros mismos pensando que no amamos el dinero. La mayoría de nosotros no tiene suficiente dinero como para sentir amor por él, pero si amamos las cosas que el dinero compra o puede comprar. Lo uno es tan malo como lo otro.

Tener esa actitud desprendida es también una señal de fe. Como lo muestra la historia historia de la viuda pobre que entregó todo su dinero, todo su sustento, en sus ofrendas. Ser viuda y pobre en estos tiempos era vivir a la merced de la gente. Entregarlo todo significaba que esta mujer no sólo amaba a Dios, sino que confiaba en él para la provisión de lo que necesitaba

No mirar hacia atrás (Luc. 9:62)
Nadie que mire atrás después de poner la mano en el arado es apto para el reino de Dios.

Esta figura de la agricultura quizás no nos haga demasiado sentido hoy en día. Pero si recordamos cómo en tiempos pasados (y aún hoy en algunas partes del mundo) la tierra era preparada para la siembra a través de un arado de metal tirado por un buey.

Éstas líneas de tierra abierta, o surco, deben ser rectas para garantizar un mejor uso del terreno y facilitar el proceso de la siembra y de la cosecha. No nos es muy difícil imaginar cómo quedaría uno de estos surcos si quien ara mantiene su vida su vista mirando hacia atrás.

Y de eso es que está hablando Jesús. Habla de cómo, si nuestro corazón duda que vale la pena seguir a Jesús como supremo señor de nuestra vida y miramos para atrás, el surco de nuestra vida no será nada derecho.

Esto no significa que no dudemos ni que tengamos nuestros momentos de debilidad. Seguimos siendo humanos. Pero lo que sí dice este verso es que uno no puede vivir la vida mirando hacia atrás y reconsiderando constantemente si vale la pena servir a Jesús o no.

En el libro o carta de los hebreos el apóstol escribe

Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás y acaban por perderse, sino de los que tienen fe y preservan su vida.
10:39

En un pasaje que ya vimos anteriormente, el Apóstol Pablo nos enseña que al correr su carrera cristiana, hace mirando hacia el frente, hacia la meta. (Fil. 3:12-15)

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